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Se trata de debatir

Más allá de las estrategias, hay algo en los debates estadounidenses que no deja de sorprenderme: el disenso

OPINIÓN

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El jueves por la noche se llevó a cabo el tercer debate del Partido Demócrata rumbo a la elección presidencial de 2020 en Estados Unidos. Fueron 10 los candidatos que participaron y, a pesar de todavía ser demasiados, por fin fue posible ver a los principales candidatos presidenciales en el mismo escenario.

Más allá de las estrategias y las cartas de presentación, hay algo en los debates estadounidenses que no deja de sorprenderme: el disenso.

Durante las tres horas de transmisión pudimos escuchar a Biden discutir apasionadamente con Warren y Sanders, pues a diferencia de ellos, él no cree que los seguros médicos privados deban desaparecer en aras de una cobertura pública universal.

Escuchamos a Warren defender el aumento a los impuestos de los más ricos a fin de pagar las deudas estudiantiles de miles de jóvenes, mientras que Biden prefiere alternativas más moderadas. Escuchamos distintos modelos de regulación de armas, desde la emisión de licencias hasta la prohibición y confiscación de aquellas de alto calibre. Escuchamos diferencias.

Parecería obvio. De eso se trata un debate, de escuchar las diferencias, comparar y elegir al que más nos convence. Y sin embargo, en países como México esto no resulta tan evidente.

Nuestros candidatos suelen estar todos en sintonía. Todos, independientemente de su orientación política, siempre prometen gastar más sin aumentar impuestos. Todos tienen programas para proteger a las mujeres, a los jóvenes y a los adultos mayores. Todos van a combatir la corrupción, van a bajar el precio de la gasolina y van a estar más cerca de las víctimas. Todos quieren regresar al ejército a los cuarteles, nadie quiere pronunciarse abiertamente a favor o en contra del matrimonio igualitario, el aborto o la legalización de las drogas. Es imposible ver las diferencias.

Sin embargo, esta homogeneidad discursiva no es sólo culpa de los políticos.

En nuestro país, el riesgo que corre un candidato que transparenta sus intenciones desde campaña puede ser terrible mientras que uno que las esconde podría llegar impoluto a la elección. Difícilmente, por ejemplo, se habría bajado de radical intolerante en las redes a un candidato que dijera que no ve solución para la seguridad en los cuerpos civiles y que utilizaría al ejército para combatirlo. Y aún así, sin transparencia ni claridad en las campañas, vamos por el tercer sexenio con exactamente esa estrategia sin haber votado por ella.

Queremos candidatos que no tengan ninguna diferencia con nuestra forma de pensar y que no nos hagan conscientes de los costos de sus soluciones.

Los obligamos entonces a esconder lo que piensan. No es fácil asumirse corresponsable de los costos que conlleva hacer un voto informado pero es un paso obligado si deseamos salir del eterno círculo de las promesas de campaña incumplidas y construir un país más democrático y, por ende, más libre.


POR FERNANDA CASO
FERNANDACASO@HOTMAIL.COM
@FER_CASO


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