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La aurora boreal

en el firmamento de la Nueva España apareció, en 1789, una aurora boreal que pudo visibilizarse desde la Ciudad de México; la prensa registró El evento

OPINIÓN

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El 14 de noviembre de 1789 ocurrió en Nueva España un suceso extraordinario imposible de ver actualmente: la aparición de una aurora boreal que pudo visibilizarse desde la Ciudad de México. El evento se encuentra registrado en la Gaceta de Literatura de México, de José Antonio Alzate, y la Gaceta de la Ciudad de México, de 1789, ambos periódicos de la época. La primera reacción de la población, según indicaron ambas fuentes, fue de pánico: “la gente al ver iluminada una gran parte de nuestro hemisferio por el lado del Norte, no hacía sino dar voces por las calles, esperando por instantes morir abrasada entre las llamas que le figuraba su temor”, indicó Antonio de León y Gama en la Gaceta de la Ciudad de México. Tal reacción es comprensible en una sociedad profundamente católica como la novohispana, donde el poco conocimiento de la astronomía por parte de la mayoría, hizo creer que aquello que observaban en el cielo era el apocalipsis bíblico.

Sería erróneo considerar que la reacción de la población fue un indicio de una sociedad virreinal ignorante. También hubo figuras que destacaron en los campos de las ciencias, como José Antonio Alzate, sacerdote polímata conocedor de la astronomía, geografía, filosofía y botánica, por mencionar algunas de las disciplinas donde destacó. Él no se alarmó ante la presencia de la aurora boreal, ya que era un conocedor del tema. Ofreció una explicación en su propio periódico, la Gaceta de Literatura, sobre la posible causa del evento: “En el sol, entre otras muchas manchas de que ha estado cargado, desde el día 7 se registran cinco de mucha magnitud, la menor de estas excede dos o tres veces a la grandeza de la Tierra, y anoche, hora y media antes de que se observase la aurora boreal, la luz zodiacal se presentaba muy clara y se extendía del Oeste Sudoeste al Nordeste, por más de cuarenta grados”. Mientras la sociedad novohispana expresó temor, el sacerdote ilustre, conocedor de la astronomía, racionalmente buscó las causas del evento.

El hecho no quedó olvidado en los años posteriores. En el siglo XIX, el novelista José Tomás de Cuéllar retomó tal acontecimiento en el último capítulo de su obra El pecado del siglo, escrita en 1869.

En la actualidad el suceso es poco conocido en México. A veces estos acontecimientos se olvidan en los documentos que los guardan, encontrados accidentalmente por unos pocos, como Fernando del Paso en José Trigo; o su desconocimiento se puede deber a que el suceso pertenece a un periodo de la historia de México al que no solemos acércanos muchos. Sin importar la razón, la aurora boreal de 1789 nos demuestra que nuestro cielo nunca ha sido el mismo y que hace 230 años atrás la Ciudad de México pudo presenciar dicho evento.

POR IGNACIO ANAYA MINJARES
@IGNACIOANAY

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