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Horizonte 21

OPINIÓN

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A nueve meses de gobierno de la actual administración federal, la 4T se ubica como un gran catálogo de buenas intenciones; los resultados se reflejan más en propósitos y actitudes personales del Presidente de la República que en efectos claros y tangibles; pareciera que el mayor logro político es el posicionamiento de la imagen de López Obrador como un “hombre honesto que cumple su palabra, da ejemplo de austeridad y está decidido a terminar con la corrupción”. Pero el ejemplo no basta para gobernar un país.

En los hechos, la 4T se proyecta como el intento por restaurar el viejo régimen autoritario de control hegemónico de los poderes públicos, en donde el proyecto ideológico es sustituido por el clientelismo y la visión patrimonialista del ejercicio del gobierno. Así lo demuestran las acciones y decisiones de gobierno que se apartan de la observancia de la legalidad y del respeto a las instituciones que tanto ha costado construir.

Un factor que ha sido determinante para permitir los excesos y las improvisaciones del actual régimen de gobierno lo es, sin duda, la mayoría parlamentaria de Morena en ambas Cámaras del Congreso de la Unión. Una mayoría legislativa al servicio del Poder Ejecutivo, sin una propuesta clara de construcción institucional; sin un propósito visible de servir a la consolidación de la democracia en la República; sin vocación de contrapeso político; una mayoría parlamentaria sin rumbo ni brújula ideológica; un conjunto de brazos dispuestos a levantarse para aprobar, “por disciplina” todo lo que el titular del Poder Ejecutivo les indique. Como en los tiempos idos del PRI-Gobierno que tanto combatió la izquierda en México.

Después del Primer Informe de Gobierno ya no se podrá seguir culpando de todos los males del país a los gobernantes del pasado. Se deberá asumir a plenitud el ejercicio del poder público con todas sus consecuencias; se tendrá que pasar de la arenga del carisma presidencial al discurso de los resultados contantes y sonantes. Y en este contexto, varios fantasmas de crisis asoman ya en la atmósfera de la realidad nacional.

En este escenario, el papel del Congreso de la Unión cobrará especial relevancia para ejercer un auténtico equilibrio entre los poderes, que ayude a enfrentar las crisis que se avecina. Pero un congreso plural y democrático que corrija desviaciones y fortalezca avances. Y esto se podrá lograr en la renovación de la Cámara de Diputados en 2021, si los partidos políticos opositores a Morena logran convencer a la ciudadanía de la necesidad de darle una nueva configuración al Poder Legislativo para ponerlo al servicio de la República.

Los resultados en las elecciones recientes demostraron a Morena que “plazas públicas llenas no representan urnas llenas de votos a favor”. Ser el partido gobernante no convierte a Morena en un movimiento capaz de consolidar la democracia en México; menos aun cuando ya empiezan a aparecer los conflictos de su faccionalismo, su falta de identidad, su carencia de compromiso con la legalidad y las serias deformaciones como la improvisación, el oportunismo y el pragmatismo a ultranza que minarán su eficacia electoral en 2021; y ese horizonte está más cercano de lo que parece.

POR JOSE? ENCARNACIO?N ALFARO CA?ZARES

COLABORADOR

@JOSEEALFARO

edp