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De la "Guerra" al "Guácala"

OPINIÓN

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"Que se vaya al carajo la delincuencia. ¡Fuchi, guácala! Es como la corrupción: ¡fuchi, guácala!",

exclamó este domingo Andrés Manuel López Obrador en Tamaulipas, uno de los estados más asolados por el crimen, donde el sábado también exhortó a los delincuentes a que piensen en sus “mamacitas” y se porten bien. Se trata de expresiones desafortunadas del Presidente de la República en un contexto, estatal y nacional, de crisis de seguridad y derechos humanos.

Queriendo ser coloquial, envía el mensaje de que frivoliza el entorno de violencia y es insensible al dolor de las víctimas. Se equivoca López Obrador en sus expresiones del fin de semana, porque si es auténtico el Plan Nacional de Paz y Seguridad 2018-2024, anunciado el 14 de noviembre de 2018 —a dos semanas de tomar posesión—, qué sentido tiene anteponer a los hechos una narrativa que, por superficial, sólo abre controversia innecesaria.

La indignación e hilaridad por estas expresiones del jefe del Estado se nutren de la hipocresía e impostura de un sector que le detesta legítimamente, pero también de intereses políticos y económicos que su victoria afectó. El segmento que cuestiona con más estridencia las expresiones de López Obrador, porque sigue dominando espacios mediáticos, es el que sigue justificando la lógica de guerra de Felipe Calderón y, por orden suya, hasta claudicaron en su deber de informar las masacres y violaciones de derechos humanos en ese sexenio cruento. En política y en el gobierno la palabra cuenta, es el instrumento para establecer relación con la sociedad la que, al final, respalda o repudia.

A Calderón le ha sido cobrada, con la repulsa popular, su estrategia de guerra que, por su ilegitimidad, emprendió y cuyas consecuencias son las que explican el reguero de cadáveres en el territorio nacional. Ahora que forma el partido de su propiedad, con dinero de oscuro origen —“¿de qué vive Felipe Calderón?”, parafraseo a sus amanuenses—, quiere que se olviden sus continuas invocaciones a la “guerra” en su sexenio.

Pero eso ya es pasado y ahora las acciones para resolver la violencia, que no atendió tampoco Enrique Peña Nieto, corresponden a López Obrador, no sólo porque ya es gobierno, sino porque ofreció un plan concreto para ello y que, se supone, está en marcha.

El plan, según el propio López Obrador, pretende lograr que “las familias de México recuperen la tranquilidad y confianza en las instituciones” y “garantizar la paz y mejorar la vida de cada uno de los mexicanos”. Ese plan promete erradicar la corrupción y reactivar la procuración de justicia; garantizar empleo, educación y salud a través de programas de desarrollo y bienestar para reducir la pobreza y la marginación; asegurar derechos humanos; regenerar la ética de la sociedad; reformular el combate a las drogas; justicia transicional; recuperación las cárceles; y repensar la seguridad nacional, y crear la Guardia Nacional. Si existen el plan y las acciones, es indebido frivolizar un tema tan sensible.

POR ÁLVARO DELGADO

ALVARO.DELGADO@PROCESO.COM.MX

@ALVARO_DELGADO

edp