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Adictiva y contagiosa

En el deseo insatisfecho de emancipación y trascendencia se encuentra de nuevo la chispa brillante de la sostenibilidad

OPINIÓN

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Se ha hecho lugar común decir que la velocidad del cambio tecnológico es exponencial. Que las nuevas tecnologías están cambiando todas las industrias de una forma inusitada. Que su efecto en las sociedades explica en parte las crisis migratorias, sociales y económicas que atestiguamos. Y que la respuesta política dominante ante la incertidumbre de este cambio vertiginoso es el autoritarismo populista, que ofrece falsas certezas para atemperar el miedo y la zozobra.

Se ha vuelto lugar común también responder a todo esto con una mezcla de desesperanza y cinismo. La primera nos invita a retraernos de lo público e intentar protegernos. El segundo nos llama a ser parte del problema. Es decir, a buscar sumarse al progreso no para conducirlo hacia un rumbo más humano, sino para aprovecharse de él en lo individual y en el corto plazo. El círculo se completa con el cinismo y el autoritarismo populista, los problemas se profundizan y las soluciones se alejan. El sueño de un planeta sostenible con pleno ejercicio de derechos está en peligro.

No es tan claro cuál es el antídoto para enfrentar este riesgo con eficacia. No hay duda que el uso de la propia tecnología, el aprecio por lo público y el emprendimiento público, la persecución colaborativa de valor compartido, son parte de ello. Pero hace falta un catalizador que produzca ese efecto transformador acelerado y sostenido que requiere la humanidad para sortear la crisis que vive.

Esa fuerza incontrolable que se reproduzca entre cada vez más personas convencidas de que un futuro promisorio para todas y todos es asequible; un impulso exponencial y expansivo hacia un auténtico desarrollo humano.

Los días recientes, en su complejidad y sus contrastes, nos muestran que sí existe ese destello. La semana pasada citaba yo a Marcos, diciendo que la libertad es adictiva y es contagiosa; y es ahí, en ese deseo insatisfecho de emancipación y trascendencia, donde se encuentra de nuevo la chispa brillante de la sostenibilidad.

La marcha del viernes pasado entusiasma precisamente por ello, al tiempo que sus críticos muestran la necesidad de actualizar nuestros códigos de interpretación. Su símbolo perdurable será la diamantina empuñada como fuerza de transformación. Como testimonio de que la exigencia de seguridad es incontrolable. Pero, sobre todo, como evidencia contundente de que hay alternativas al cinismo. De que existe y está activo, en especial entre las personas más jóvenes, ese impulso esperanzador, adictivo y contagioso, tan urgentemente necesario en nuestro país.

Ese mismo espíritu anima a cientos de organizaciones de jóvenes que tienen los más diversos propósitos públicos a lo ancho de toda la nación. Tuve ayer el privilegio de participar en la fundación del capítulo de jóvenes de la red de soluciones de desarrollo sostenible (SDSN) de las Naciones Unidas en México, y pude atestiguar la urgencia de su esfuerzo y el brillo poderoso de sus convicciones. Ahí está también ese antídoto luminoso.

POR ALEJANDRO POIRÉ
*DECANO
ESCUELA DE CIENCIAS SOCIALES Y GOBIERNO
TECNOLÓGICO DE MONTERREY

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