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La muerte de la literatura

Ha caducado, asimismo, la centralidad del escritor como vigía de la noche de los tiempos, como contador del espíritu

OPINIÓN

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Si llevásemos al extremo una antigua intuición de Bernanos, podríamos afirmar que los muertos individuales y sus cuerpos difícilmente se resisten a la sepultura; más temprano que tarde yacen, enterrados y se les olvida. En cambio, los cadáveres sociales –la literatura podría ser uno de ellos, acaso de los más conspicuos– permanecen insepultos por bastante tiempo. Son muchos quienes les impiden morir a gusto. Los profesores son quienes dispensan la fama, decía Borges. La academia, es cierto, se resiste a dejar morir del todo al cadáver ambulante de la literatura. Pero también los propios escritores que, desaparecidos los mecanismos de mediación entre la obra y el público, hacen de correos de sus propias cartas en programas de televisión y radio, en ferias de pueblo y a cuanto espacio abierto se les invita. Son ellos mismos, quizá, quienes niegan el feliz olvido de la construcción imaginaria a la que se afanan por seguir perteneciendo, como un gusano que estuviese ante el último bocado de carroña que le queda en el ataúd y elige la singular espera, el tiempo detenido de la gula pospuesta sólo para mirar cómo termina por pudrirse el tejido, la linfa, la flema de ese trozo, esa reliquia amorfa, ya que es la sola condición de su existencia. La literatura está bien muerta, aunque se deje ver todo el tiempo, lívida, mortecina y tan azul que se cae de morada, como decía Pellicer, creo que de las nubes o del cielo. Ese invento reciente de la modernidad, la literatura, no funciona del todo. Han caducado las formas sociales que le dieron vida –desde el ocio burgués necesario para la lectura, hasta la sanción de la crítica que podía anunciar la aparición de una obra importante–. Cirryl Conolly lo apuntaba muy bien en su Enemigos de la Promesa: la sola tarea del escritor consiste en producir una obra maestra; los libros, sin embargo, tienen una vida útil de 10 años. El suyo mismo sobrevivió una década –medida socarrona con la que vaticinaba ya la muerte misma de la obra de arte, o al menos su decadencia– y Conolly tuvo oportunidad de escribir en 1940, a 10 años de la primera edición, un pequeño prólogo que es ya un soterrado apocalipsis. Ha caducado, asimismo, la centralidad del escritor como vigía de la noche de los tiempos, como contador del espíritu (¿a quién se le ocurre escribir hoy esa palabra?), y suena incluso ridícula la pretensión de Hölderlin antes de retirarse de la razón a soñar con una Diótima imposible en la casa del carpintero, a orillas del río: habitar poéticamente el mundo (Dichterisch wohnt der Mensch), Heidegger lo ironizaba ya también, quizá sin quererlo: la única condición de la actualidad –y eso lo escribía a mitades del siglo XX, como Conolly su prólogo en 1940- es mantenerse entre la presencia de los dioses y por la proximidad esencial de las cosas. Ni las cosas nos son ya próximas ni la divinidad o sus plurales están presentes. Son ausencias en medio de una virtualidad donde todas las cosas han dejado de existir como cosas en sí y, en cambio, son sólo signos arbitrarios de lo ausente –simulacra, diría Baudrillard-, presencias vacías en un mundo carcomido. ¿Pero qué es central en un mundo sin otro centro que el dinero, abstracción de abstracciones, una causalidad posible dentro del capitalismo financiero que ha producido esa paradoja planetaria, cómoda como todas las etiquetas pero que no define nada, globalización? ¿No son acaso los márgenes, con su extremo vitalismo que haría palidecer al propio Bergson, las únicas formas de habitar esta tierra, aquí y ahora? Hay dos salidas antitéticas ante esa situación: el escritor que aúlla y el escritor que calla. Las dos son formas individuales, íntimas –aunque una provenga del pudor y la otra, en cambio, de la exhibición de los restos del naufragio-, de hacer habitable el espacio social en el que ese hombre –el escritor- se mueve hoy que no existe, sino el oficio que lo mueve, la escritura; hoy que ha fenecido el reconocimiento social de aquello a lo que sus obras aspiraban antes a pertenecer: ese edificio extraño de la modernidad que se llamó nada más que literatura. ¿Cómo es posible que sigan existiendo, vivos, los antiguos sacerdotes de un culto arcaico?, ¿de qué sirve el rito desaparecido del mito?, ¿para qué oficiar en medio de la nada? Ante el paganismo –los media y los new media-, el sacerdote de una religión monoteísta se siente ridículo. Sabía ya desde hace tiempo que nada de lo suyo era sagrado. Conocía ya el poder corrosivo de la iconoclastia y sus ejércitos destructores, es cierto. Pero le quedaba un resabio de autoridad: algo secreto que él sólo podía develar yacía en las entrañas de ese cuerpo moribundo, la literatura. POR PEDRO ÁNGEL PALOU COLABORADOR @PEDROPALOU lctl