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Taco de arroz con huevo

OPINIÓN

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No hay tacos universales. Cada quien tiene el suyo, el preferido, el de gusto particular. Hay para todas las ocasiones y estados de ánimo. Hay tacos para la melancolía, mucho más efectivos que tomar a cucharadas un litro de helado viendo una serie en la televisión; hay otros que acompañan la fiesta y muchos más recuperadores que son los reyes de la tornafiesta.

Mis recuerdos más emocionantes de tacos son muy viejos. El paraje era extraordinario. En las faldas del Nevado de Toluca, comenzando las curvas de un bosque de coníferas y oyameles, estaba nuestro marchante de cada sábado. Una estructura de madera con paredes laterales y techo de tejamanil, un comal de barro de inmenso diámetro y muchísimo frío.

En la zona se comen tacos de cecina, de longaniza, sopas de hongos con mucho epazote y quesadillas varias -de flor con un requesón suficientemente ácido, mis favoritas-.

Doña Amalia -quien debió haber sido más joven de lo que yo soy hoy-, vestía con un suéter de botones azul clarito y un mandil terminado con olán bordado a gancho y echaba tortillas.

Ibamos tan frecuentemente que nos conocíamos de nombre, hablábamos de la tala de los bosques y hasta intercambiábamos apoyo de salud, ellos tés de pelos de elote y carricillo, y nosotros citas médicas con neumólogos, necesarias por aquélla cocina de humo.

Y Doña Amalia sabía el taco que a mí me gustaba y que sólo en mi casa he podido repetir. Una tortilla de maíz azul que se infló, dos cucharadas generosas de arroz rojo recién terminado de cocinarse, un huevo duro partido por la mitad con sal y aguacate servido con cuchara.

Un día, el cauce de la carretera cambió, y aquélla casita de tejamanil no volvió a abrir. No hay tacos universales. Ese, sin duda mi preferido.

POR VALENTINA ORTIZ MONASTERIO

CGASTROLAB@HERALDODEMEXICO.COM.MX

@VALEOM