Vivir dilemas

A partir de julio, los servidores públicos se han convertido en uno de los enemigos públicos favoritos de la narrativa presidencial

OPINIÓN

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Apenas imagino lo que significa ser servidor público en estos días. Me refiero por supuesto a la profesionista comprometida, talentosa, empeñada en mejorar a su país y servir a la gente, y no al oportunista político que se suma al gobierno como una apuesta por la gloria, los negocios o el poder. Para este último aún las condiciones laborales y políticas más adversas le resultan poco trascendentes; el juego es otro. Pero si algo he aprendido de mi paso por el servicio público, es que en todos sus espacios hay muchas personas cuya ambición central es impulsar al Estado a mejorar la vida de la población. Así crecer en su conocimiento e impacto personal, hacerse de un nombre y una reputación de dignidad y responsabilidad en la atención de sus labores. Pienso precisamente en estas personas, misioneras de la inacabable lucha por construir un servicio público eficaz y responsivo. Para ellos, y suponiendo que hayan esquivado los recortes del arranque del sexenio, el gobierno de Morena ha representado un golpe sin precedente. De por sí trabajar en la burocracia implica frustraciones y retos extraordinarios. En el gobierno que sea, las organizaciones suelen ser lentas o ineficientes, sus liderazgos políticos no son siempre inspiradores o competentes, la compensación es generalmente inferior a la de los mercados privados, la probabilidad de una carrera de largo alcance es limitada, las acciones son fiscalizadas y cuestionadas más que las de cualquier organización privada, y por lo mismo los riesgos legales de decisiones ordinarias son sustancialmente mayores. Trabajar en gobierno además significa, especialmente para sus colaboradores más sobresalientes, estar consciente de que la complejidad de los problemas implica encrucijadas éticas (perfectamente legales) en las que tiene que optarse por males menores o subóptimos incómodos. No todo lo anterior es inherentemente malo, simplemente hace más dura la labor pública de lo que normalmente se piensa. A ello hay que sumar, lamentablemente, que son tantos los ejemplos de abuso y corrupción en todos los niveles de las burocracias, que existe casi la expectativa social de que cuando uno dice “trabajo en el gobierno” concluya la frase con “pero no me dedico a robar”, o algo por el estilo. Por si no fuera suficiente, a partir de julio pasado, los servidores públicos se han convertido en uno de los enemigos públicos favoritos de la narrativa presidencial. Se les tilda de corruptos, abusivos y perezosos a la menor provocación. Se les han retirado prestaciones y reducido sueldos que apenas compensan los riesgos asumidos, y violentado derechos laborales. Se les instruye, una y otra vez, a destruir lo construido en décadas pasadas, a implementar programas sin sustento jurídico ni científico, y a cumplir sus labores con menos recursos que nunca, mostrando lealtad y obediencia plenas. Apenas imagino, insisto, lo que significa vivir hoy estos dilemas. No tengo más que recordarles que somos muchos quienes reconocemos que su esfuerzo hoy raya en heroísmo. Y que habrá momento de corregir y reconstruir. Por Alejandro Poiré