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Pluma y Plomo: La guerra sagrada

OPINIÓN

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La guerra sagrada o Xochiyaóyotl era una institución de los pueblos nahuas y, en el caso de los mexicas, tenía un significado relacionado con los orígenes del grupo, con el sacrificio y con los dioses.

En la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología, en la Ciudad de México, está el monumento que guarda sus significados, el Teocalli de la guerra sagrada.

En una de sus caras tiene el símbolo de la fundación de la Ciudad de México-Tenochtitlan. Y el águila sostiene con el pico y se alimenta de ello, lo que en náhuatl se llama el Tlachinolli, es decir, agua quemada, sangre, símbolo de la guerra sagrada, que es el agua y el fuego juntos.

En esa guerra, los grandes guerreros atrapaban personalmente a sus enemigos vivos para llevarlos al Templo Mayor y sacrificarlos a los dioses.

En el proceso de la asunción de su reinado, Moctezuma II Xocoyotzin combatió contra el reino de Atlixco, hoy perteneciente al estado de Puebla y ubicado al suroeste. Tal altépetl, que hacía alianza con Huejotzingo y Cholula, fue sometido por el nuevo tlatoani como prueba de inauguración del nuevo sol de su reinado. En la batalla, Moctezuma capturó cuerpo a cuerpo a un guerrero enemigo que habría de llevar a Tenochtitlan para el sacrificio.

Cuando entró a la ciudad, el pueblo se desbordó, pues celebraba el inicio de una nueva era que aseguraba al mismo tiempo la pervivencia del reino y el orden del universo. En los templos se sahumaba a los dioses con estoraque o copal. En la plaza principal sonaban las orquestas con el teponaztli, las chirimías y los caracoles, a la vez que empezaban a actuar las escuadras de los diferentes danzantes ricamente emplumados y calzando sandalias de piel de ocelote, de oso y de lobo. En los brazos llevaban ajorcas de oro, de los tobillos pendían cascabeles de oro y de plata.

Los enemigos capturados vivos en guerra eran recibidos con hospitalidad y consentidos por un lapso de tiempo, antes de llevarlos al sacrificio; se les ofrecían banquetes, se les veneraba como a deidades y se les acoplaba con hermosas mujeres. El pueblo se arrodillaba y se santiguaba al paso de ellos en medio de una comitiva que los acompañaba por las calles. 

Era necesario asimilarlos a la ciudad hasta ser considerados como sus propios miembros, pues si bien eran los Otros, los fuereños, debían ser tomados como propios y así se les llamaba “hijos”. Por las noches se les acondicionaban muelles hechos dentro de una jaula de maderos y una guardia de 12 hombres los vigilaba, porque si lograban escaparse ellos, los suplirían en el sacrificio. A la hora del evento en el que oficiaban los grandes sacerdotes, el propio Moctezuma participaba como sacrificante. Y la víctima era preparada en un profundo rito de religión donde se alcanzaban estados de iluminación ayudándose con la ingestión de especiales hierbas medicinales que sólo se usaban en tales ocasiones.

El nuevo rey danzaba ricamente ataviado en la ceremonia final. Y como las víctimas, participaba de los trances místicos donde se ingerían enteógenos. El sacrificado era divinizado y su sacralidad era compartida y experimentada también por los sacerdotes.

Por Luis Barjau