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Paremos las descalificaciones

Lo triste de la polarización, que las redes exacerban, es que nos estamos creyendo las palabras que se dicen

OPINIÓN

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El filólogo judío Victor Kemplerer analizó con esmero el lenguaje de los nazis diciendo que el lenguaje crea y piensa por nosotros y que, por ende, los intentos de borrar, limpiar, adjetivar se convierten en un veneno de la libertad. La LTI (Lingua Tertii Imperio) es una reflexión atroz sobre el lenguaje totalitario. “Las palabras pueden actuar como ínfimas dosis de arsénico. Uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto; al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico”, escribía. La libertad de pensamiento y expresión es lo que está en juego, la construcción de futuros posibles más allá de la identidad es lo que peligra cuando empezamos a utilizar las palabras para dividir a la sociedad, para generar la idea de que en un país hay dos bandos únicos, que se está a favor o en contra del cambio, que se es o neoliberal o anticapitalista, sin gradaciones ni matices. Se es fifi o sé es chairo, se es amlover, o se marcha para pedir su destitución. Lo triste de esa espantosa polarización que las redes exacerban es que nos estamos creyendo lo que dicen las palabras y los que podemos llamar, desde ahora, “descalificativos”. Ni Andrés Manuel es Chávez ni México será Venezuela. Ni se ha pasado de la gloriosa república democrática a la dictadura, ni se ha terminado el antiguo régimen inaugurándose la autodenominada Cuarta Transformación. Muy mal que dos expresidentes, uno en presencia (Fox) y otro en Twitter (Calderón) hayan utilizado la marcha para pedir la destitución del Presidente, incluso en palabras del primer presidente panista: “nuestros hijos corren un grave riesgo”. Alentar la polarización es el verdadero peligro. Extrañamos tanto a Monsi. ¿Cómo serían sus Por mi madre bohemios en estos días de declaracionitis extrema? Lo cito, porque apenas cumplimos cinco años sin él hablando de lo que no podemos atacar, porque lo necesitamos, más que nunca, un periodismo libre: “Entre el frenesí libertario y la clandestinidad, los periodistas están muy conscientes de su papel en la vida pública. Son el enlace interno de un país, el apoyo indispensable o el golpe mortal y por eso los mejores de entre ellos multiplican su actividad, seguros de que el periodismo no es un oficio, sino una misión política y patriótica, como lo demuestra la exigencia múltiple de El Siglo XIX, en 1850: libertad absoluta de pensamiento, libertad absoluta de conciencia, libertad de la palabra, libertad de la correspondencia, libertad de imprenta, libertad de cultos, libertad de industria, libertad de contratos, libertad de testar, libertad de casarse, libertad de defenderse y llevar armas, libertad de reunión”. Libertad absoluta. Sólo así se puede ejercer el periodismo que necesitamos hoy. Mal hace el Presidente en usar su palestra para denostar a un periodista o a un medio. No es su papel. El suyo, debería ser el de garantizar ese periodismo pleno, crítico, muchas veces molesto para el poder. La prensa es un contrapeso, como hemos visto en los dos años de la Presidencia de Trump. La prensa debería ser el lugar de los hechos y de su corroboración. Debemos ser todos garantes de la libertad de la expresión y de conciencia, Buscar alentar un periodismo que pueda intervenir de lleno en la construcción de un país más justo y menos capaz de seguir siendo secuestrado por sus políticos. Un país de los ciudadanos, donde el Estado de derecho implique el derecho al Estado de todos. A eso nos comprometemos desde la palabra, otra forma de acción.