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Llevar puesta tu mejor piel

¡Qué fascinante es la piel! El órgano más grande, el que nos protege de bacterias, regula nuestra temperatura y el que nos permite experiencias sensoriales

OPINIÓN

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Desde que tengo 13 años, gracias a la enseñanza invaluable de mi madre, he tenido una consciencia clara sobre el cuidado de la piel. Mi abuela materna tenía un cutis de porcelana que, por suerte, heredamos algunas de sus nietas. Siempre había creído que yo, por genética, tenía una piel divina hasta que fui de viaje a Japón y cambió un poco mi perspectiva. Muda me dejó el cutis celestial de las japonesas. Me quedaba estupefacta mirándolas andando por la calle, en el metro, en los restaurantes. Parecía como si todas hubieran sido cubiertas por un velo aterciopelado en la cara que, juro, ¡hasta daban ganas de acariciar! Un día, mientras hacíamos un recorrido en el subterráneo, lo decidí con firmeza: Estas mujeres orientales no van a humillar la herencia genética de mi Yaya ¡voy a comprarme unas cremas japonesas y van a ver que me queda la cara más exquisita que a Madame Butterfly! Entramos a una tienda departamental y en la zona de perfumería había decenas de marcas japonesas para el cuidado de la piel. Desorientada, primero intenté guiarme por mi instinto que generalmente nunca falla. Entre señas, japonés, español, un inglés medio roto y muchas risas, finalmente me dejé media quincena en el tratamiento completo: suero facial, crema de día, de noche, crema para los ojos, mascarilla hidratante, crema limpiadora ¡Uff! Un ritual para pasarse media hora frente al espejo untándome toda clase de potingues con tal de alcanzar esa tersura facial japonesa. Al pasar de los días me iba convenciendo del bien que me estaban haciendo mis menjurjes japoneses y caminaba soñada por las calles de Tokio como una oriental más con mi cara de terciopelo. Pero una mañana se rompió el hechizo. Estando en Kyoto me levanté temprano y, al verme al espejo, casi grité como Maculay Culkin en Mi Pobre Angelito en esa icónica escena en la que se afeita la cara. Estaba llena de ronchas rojas pequeñas alrededor de los ojos. Todo mi set de cremas japonesas estaba irritándome la piel y, lejos de verme como Madame Butterfly, más bien empezaba a convertirme en Freddy Krueger; así que, con todo el dolor de mi cartera, las tuve que guardar y heredar a mi mamá una vez que llegara a México. El resto del viaje intercambié miradas con las japonesas. Yo contemplaba con fascinación sus exquisitas pieles, y ellas se pasmaban admirando mis ojos grandes y redondos como los de sus caricaturas. El mejor consejo que recibí en dicho viaje es aceptar y apreciar todo lo que somos, porque la vida se nos va tratando de imitar lo que en verdad no somos ¡Vive feliz en tu piel y disfruta lo que tienes!  

Por ATALA SARMIENTO

@ATASARMI