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Venezuela destruida

Maduro destruyó a Venezuela, al chavismo que dice encarnar y a la posibilidad de una izquierda latinoamericana respetada

OPINIÓN

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Hoy que Venezuela ha colapsado, habría que reflexionar por qué se dio un fenómeno como el de Hugo Chávez. No se trató de un dictador, aunque tampoco de un demócrata para los estándares internacionales. Un autócrata, más bien, que concentró el poder y gobernó gracias a la enorme riqueza petrolera, en un país con infinitas desigualdades sociales. Cuántos cientos de miles lo salieron a llorar a la calle en su sepelio no son actores, muchos de ellos ni siquiera beneficiados directos del chavismo, eran simplemente pobres que dejaron de ser invisibles. El precio, sin embargo, fue muy caro, pues muchas libertades civiles fueron clausuradas por el mismo sistema. Censura, cierre de televisoras, un enorme programa de nacionalizaciones y una brutal deuda pública dejaron al país sin saber cómo responder —con qué programa social— al fin de la revolución chavista, el sueño de un joven cadete que afirmó una y otra vez que nunca leyó a Marx y que inventó, o reinventó, el socialismo latinoamericano del siglo XXI. Maduro no pudo continuar la labor de su maestro, y sólo abusó de la mano dura, de purgar al ejército —donde queda lo poco de su apoyo— y de clausurar las pocas libertades que quedaron después de Chávez. Y de llevar a su país al desabasto y la miseria, con millones de sus compatriotas abandonándolo. A su maestro, el teniente coronel, su bolivarismo –y el excedente petrolero- le permitieron promover y patrocinar a una nueva izquierda con tintes distintos, desde el indigenismo de Evo Morales hasta el extraño retorno de Daniel Ortega, hasta el kirchnerismo en Argentina e incluso ayudar al equilibrio financiero de Cuba. El petróleo le permitió convertirse en el compañero de todos estos nuevos liderazgos a los que fortaleció. Es fácil desde ese periodismo de lobby de hotel que denunciaba Christopher Hitchens, en donde pocos van a las fuentes y todos buscan más bien una conexión wi-fi para ver qué se está diciendo y publicando en los medios para producir una nota en consonancia con el sensus comunis, descartar a Chávez, o al populismo que encarnó. Se hace desde la comodidad de una lectura uniforme del mundo que tiene tres falacias: 1) la democracia es un bien en sí mismo y, por ende, cualquier país que no se rige por lo que el capitalismo financiero y el liberalismo llaman libertades democráticas es esencialmente malévolo; 2) el capitalismo y el libre mercado entrañan una libertad de elección que produce agentes autónomos que eligen no sólo a sus gobernantes, sino racionalmente sus decisiones; 3) las economías emergentes lo son en tanto se ajustan a los criterios del capitalismo. En nuestros países, la desigualdad es tan brutal que estos tres principios son fácilmente falaces. No hay free choice, pues el sujeto está siempre condicionado por su situación económica y social, y se encuentra excluido no sólo del estado de derecho, sino del derecho al Estado, razón por la cual los populismos son tan efectivos: ilusionan con un empoderamiento y emancipación a la población, que sienten que por primera vez en su historia, tienen voluntad política y capacidad de decisión. Aunque se trate de un engaño. Esa reflexión es la única manera de discutir lo que pasa en Venezuela con dos presidentes y dos ejes internacionales apoyando a uno o a otro. Sabemos que el terrible Elliott Abrams se reunió con políticos rusos para discutir la situación de Venezuela. Más allá de su necrofilia bolivariana, como la calificó Hitchens, Chávez construyó un teatro en el que él era el actor principal, su mesianismo endeudó al país y lo aisló. Su sucesor no estuvo a la altura y el escenario se fue modificando, también, hasta hacerlo sucumbir.  

@pedropalou