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Una realidad no tan lejana

Llegar a un hospital del sector público en México nos puede acercar a la realidad venezolana

OPINIÓN

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Prácticamente el mundo tiene los ojos puestos en Venezuela, que vive bajo una lacerante tiranía, la cual ha provocado un preocupante desabasto y un éxodo que en 2018 tocó el umbral de los tres millones de personas. Todos los días escuchamos que no hay medicamentos para los enfermos (85% de desabasto), ni siquiera un mejoral, y que la atención médica por falta de personal es escasa (migra uno cada 24 horas), entre otras muchas vicisitudes. Aunque esa situación parece muy lejana de México, no es así. La última semana lo pude comprobar. Un anciano, de 84 años, se tropezó con su bastón y se quebró el fémur del pie izquierdo. Lo primero fue llamar al 911, tras casi una hora y siete llamadas, decidieron mandar a una patrulla (por protocolo). El oficial de policía se sinceró muy pronto, dijo que no había buena comunicación para llamar a una doctora que valorara la situación y que era todavía más difícil poder contar con una ambulancia. ¡Pero eso no es lo peor! Llegar a un hospital del sector público en México nos puede acercar a la realidad venezolana. En el área de urgencias hay un centenar de personas esperando turno, no hay camillas y, cuando consigues una, el camillero no te puede acompañar; tiene otros servicios o al menos eso dice. Uno mismo tiene que trasladar al paciente. Para entonces ya es más de mediodía, el cambio de turno está en puerta y no hay emergencia que lo frene. Después hay que esperar casi tres horas más. El radiólogo cotorrea un rato con sus amigos antes de llegar a su puesto; mientras, la espera para que tome las placas al anciano –que se queja y se queja– se torna angustiante. En un tono más a fuerza que por convicción, decide hacer su trabajo. Luego de casi tres horas, el encargado dice que te formes y que no le grites. Cuando llega el turno del anciano, el encargado pide que le ayudes, entonces tienes que conocer la técnica para trasladarlo de una camilla a la plancha de rayos X, y si no lo sabes, te espera un regaño. Después de todo ese periplo, sigue la parte más rapaz. Vas con el ortopedista jalando la camilla –han pasado cuatro horas– y hay que esperar media hora más para que aparezca el médico y valore la placa. La observa y su primer comentario es: "¿trae 30 mil pesos? eso cuesta el clavo que necesita su familiar, porque si no cuenta con ellos no lo puedo ayudar de ninguna forma, ni siquiera le puedo dar una receta". Nunca, ni por equivocación, volteó a ver al anciano postrado en la camilla; no lo creyó necesario. Si se acepta tener los 30 mil pesos, otra vez en un tono despectivo, te dice el doctor que no lo puede hospitalizar –es viernes– hay que volverlo a llevar el miércoles. "Si lo deja no le vamos a hacer nada", asegura. "¿Cómo me lo llevo?", pregunta el familiar. “Como lo trajo”, responde el ortopedista, y reitera: "si no trae los 30 mil pesos ni se presente". Es México, no Venezuela.

ISRAEL.LOPEZ@HERALDODEMEXICO.COM.MX