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Pluma y Plomo: Cortés en Cozumel

OPINIÓN

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De camino al dominio de Motecuhzoma, Cortés ha planeado detenerse en Cozumel. A decir verdad, Cortés no está directamente interesado en tener contacto con los mayas. Eligió descartar Yucatán para concentrarse en el mundo nahua. La escala en Cozumel no es sino una oportunidad para tratar de recuperar a los dos españoles cautivos de los mayas, de cuya existencia está al tanto. Su idea es echar anclas sin desembarcar. Pero, de entrada, el conquistador se enfrenta a lo imprevisto. Vientos del noreste soplan sobre Cuba y dispersan la flota. Al llegar Cortés a Cozumel, encuentra el barco de Alvarado ya anclado. El intrépido capitán, a sabiendas, se adelantó y rebasó a la flota. Hernán se entera de que Alvarado es el responsable de la huida de los habitantes: entró a la ciudad con las espadas desenvainadas; subió a la cúspide de la pirámide principal para hurtar las estatuillas que llevaban ornamentos de oro; robó algunos guajolotes y tomó tres prisioneros. Cortés está furioso. Alvarado es doblemente culpable: ha desafiado su autoridad y ha proyectado una imagen desastrosa de su expedición. Frente a su tropa en Trinidad, Cortés, que había garantizado su autonomía alimenticia, le había pedido evitar los comportamientos predadores. El capitán manda apresar al piloto y ponerle grilletes; amonesta a Alvarado, lo obliga a devolver el oro y los guajolotes que no comió. Naturalmente, Cortés libera a los tres indios. Alvarado obedece y todos comprenden que Cortés es el verdadero jefe y que conviene seguir sus instrucciones al pie de la letra. Hernán sale victorioso de su primer combate. Paso seguido, hace saber a los mayas por escrito su disposición para recoger a los dos náufragos castellanos, pide que les hagan llegar su mensaje y decide esperar una semana. Lo anterior demuestra que considera de suma importancia tener un informante de primera mano. Un informante más que un intérprete, porque en el mundo interconectado de los indígenas no era difícil encontrar en Cuba o en Santo Domingo nativos bilingües o políglotas conocedores del maya o del nahua. Y no olvidemos que, después de 15 años en las islas, Cortés habla perfectamente taíno. Como se sabe, Gonzalo Guerrero no acudirá. Tiene una mujer, tres hijos mestizos y se ha adaptado a la vida maya; peor, se ha vuelto ferozmente antiespañol. En cambio, Gerónimo de Aguilar se presenta al octavo día, en su atuendo indígena, con su tatuaje y su bezote. El antiguo náufrago se acerca en una piragua a los navíos españoles. Cortés paga el rescate a su amo maya para que lo libere y vuelva con sus compatriotas. Guerrero y Aguilar son imágenes de la vida que siempre ofrece libertad de elección. Uno escoge la aventura de una vida nueva en el marco de un mundo totalmente ajeno; el otro se apega a su cultura de origen.  

Por Christian Duverger