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El día termina, la labor sigue

OPINIÓN

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  En un día del hombre/están los días del tiempo, escribió Borges para celebrar la novela de Joyce, Ulysses. Puesto que soy escritor buena parte de mis desvelos tienen que ver con la literatura, aunque no viva solo de palabras. El hecho de encontrarme desde hace ya unos años fuera de México le otorga a mi mirada una cierta cualidad estrábica. Soy un tipo de bizco, pues uno de mis ojos está siempre puesto en mi tierra y el otro me sirve para ver dónde piso de este lado del Río Bravo. Las fronteras –las físicas y las culturales- son nómadas, se mueven con nosotros, se convierten en horizonte. Así pues, en un mundo que tanto se parece a una Torre de Babel –comprimido el espacio y ampliado o al menos vuelto veloz el tiempo-, el ejercicio crítico (la mirada despiadada, pero empática, humana demasiado humana) es fundamental para saber qué significa seguir vivos. Soy un migrante, doy clases, tengo mi Green Card. Soy un expatriado, pues vivo mi país por lo pronto desde fuera, sin nostalgia pero con preocupación. Puedo amanecer con la noticia de que han baleado otra vez a cuatro en California, y que vuelve a ser un adolescente desequilibrado pero también puedo leer que el Niño Verde está en el Torito, que sus guardaespaldas intentaron sobornar con dos mil pesos a los policías, que ha protagonizado algunos de sus clásicos ataques de prepotencia. En ambos lados de la borrosa frontera que es mi cicatriz las cosas que leo o veo parecen, entonces, estructurales, no son síntomas del mal: son el mal mismo. Este país –Estados Unidos- está profundamente desequilibrado, como quienes se disfrazan de Batman y atacan a la multitud de un cine. Vive en disonancia cognoscitiva perpetua. El presidente Trump quiere un muro y emplea inmigrantes ilegales. Insulta y defenestra a los mexicanos y firma un nuevo tratado de libre comercio. Nos detesta, y es capaz de dilapidar su poca credibilidad con un cierre de gobierno que le costará votos y que de hecho termina en un pacto que no le favorece. Y del otro lado, igual. La corrupción de los políticos y la partidocracia como males endémicos de un sistema de gobierno que requiere una revisión más que a fondo. El gerente de un partido, -¿o un negocio familiar?- cuya única virtud es aliarse con quien gane las elecciones pasa de la borrachera a la prepotencia y piensa que una simple disculpa o un reconocimiento de su falta -¡Me equivoqué!- perdonan su verdadero problema: no representar a nadie en un mundo electoral al revés. Apenas y logramos una Guardia Nacional Civil, y eso después de largas discusiones y presiones. Pero en general la oposición política ha desaparecido y las redes sociales le tunden a quien osa contradecir al presidente, lo que no es nada sano en una verdadera democracia- El problema como siempre es el doble discurso, ¡tan rentable! Tiro la piedra y escondo la mano. Digo una cosa y actúo exactamente de forma contraria sin implicación alguna. ¿Y con qué armas, entonces, enfrentarse a ese discurso doble y desnudarlo, labor del verdadero periodista? Extrañamos tanto a Carlos Monsiváis: “Entre el frenesí libertario y la clandestinidad, los periodistas están muy conscientes de su papel fundamental en la vida pública. Son el enlace interno de un país, el apoyo indispensable o el golpe mortal y por eso los mejores de entre ellos multiplican su actividad seguros de que el periodismo no es un oficio sino una misión política y patriótica, como lo demuestra la exigencia múltiple de El Siglo XIX en 1850: libertad absoluta de pensamiento, libertad absoluta de conciencia, libertad de la palabra, libertad de la correspondencia, libertad de imprenta, libertad de cultos, libertad de industria, libertad de contratos, libertad de testar, libertad de casarse, libertad de defenderse y llevar armas, libertad de reunión y asociación”. Estos compromisos –del periodista decimonónico liberal que tanto ponderaba Monsiváis- son los mismos que encarna El Heraldo de México en esta nueva época. Libertad de expresión y de conciencia, posibilidad de intervenir de lleno en la construcción de un país más justo y menos capaz de seguir siendo secuestrado por sus políticos, sus partidos, sus jueces, sus televisoras, sus redes de pederastas, sus gobernadores caciquiles, sus turbias componendas y sus negocios sucios. Un país de los ciudadanos, donde el estado de derecho implique el derecho al estado de todos. A eso nos comprometemos desde la palabra, otra forma de acción. Como pedía Rosarío Castellanos, debe haber otro modo de ser humano y libre. Luchemos todos por ello.  

COLABORADOR

@PEDROPALOU