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Eterna demanda

En estos momentos, la estructura institucional creada por la reforma constitucional de 2013 está bajo la lupa

OPINIÓN

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La docuserie Los Hombres que Construyeron América, producida por el History Channel, la cual relata las vidas de los magnates estadounidenses Cornelius Vanderbilt, John D. Rockefeller y Andrew Carnegie, entre otros, muestra de manera diáfana como un sistema capitalista, no necesariamente corresponde a un mercado competitivo. En efecto, estos constructores o arquitectos de lo que hoy es la principal economía del orbe, de acuerdo con esta serie, se caracterizaron por su rechazo a la competencia. Su actuar en los mercados en los que participaban sus conglomerados se guió por una ambición voraz. Según el guión del programa, los empresarios de la época en que se gestó la grandeza norteamericana, lejos de creer en los beneficios que la competencia acarrea, desearon acumular bienes al infinito al tiempo de desaparecer o pulverizar, a sus competidores. Así fue, por ejemplo, como John D. Rockefeller combatió la fuerza monopólica de Vanderbilt y otros empresarios ferrocarrileros como John Scott, para posteriormente amasar una fortuna mayor a partir de un monopolio en la naciente industria petrolera encabezada por su empresa Standard Oil. El conglomerado de Rockefeller adquirió tal fuerza monopólica, a finales del siglo XIX e inicios del XX, que su poder sólo pudo ser atajado mediante la intervención del Estado de aquel país en una acción de competencia económica. En efecto, la Suprema Corte de Justicia estadounidense ordenó la partición de Standard Oil, producto de una demanda presentada por el Ejecutivo Federal, con base en la ley de la materia emitida por el Congreso. La lección, repetida décadas después con la separación de la antigua AT&T (una de cuyas partes, Southwestern Bell, en una suerte de regeneración, ha vuelto a erigirse en un gran conglomerado) en un proceso judicial similar, si algo demuestra es que la naturaleza humana es proclive a comportamientos inherentemente anticompetitivos. Las empresas, o personas morales con finales de lucro, que constituyen una ficción producto de los humanos, no son distintas: tienen una inclinación anticompetitiva natural. En las telecomunicaciones del país, se está viviendo una época dinámica. Las posibilidades competitivas que el desarrollo tecnológico ha traído en las últimas dos décadas han sido importantes, pero no suficientes. Llama la atención que este hecho, lejos de ser soslayado, haya sido reconocido por una destacada servidora pública que está por abandonar su periodo como Comisionada del órgano regulador. Enhorabuena. En estos momentos, la estructura institucional creada por la reforma constitucional de 2013 está bajo la lupa. Entre otras cuestiones, esta revisión se centra en los resultados obtenidos bis a bis reducciones presupuestales. El debate debe guiarse por un indicador, y sólo uno: el grado de competencia logrado a partir de la creación del regulador. El efecto multiplicador, positivo, es tal que por algo fue repudiado por los multimillonarios de antaño.  

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@ruizdelavegamex