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Se acabó el bono democrático

OPINIÓN

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Se dice que el primer año de un gobierno es como una luna de miel, un periodo relativamente corto en el que se alcanzan a delinear tanto el perfil ideológico como el programático de una nueva administración.

Por consiguiente, este lapso no es suficiente para exigir resultados concretos a las grandes y permanentes problemáticas nacionales, pues, como muchos argumentan al inicio de cada sexenio, “primero hay que limpiar la casa”.

No obstante, en primer lugar hay que dejar claro que el motivo principal que da origen al gobierno, —es decir, a la acción de supeditar a un cúmulo de ciudadanos sobre otros— es proporcionar seguridad y orden en la vida de los ciudadanos. Pero en esa materia, desde hace más de una década este país y sus gobiernos no ven lo duro sino lo tupido.

En segundo lugar, después de garantizar la vida de sus ciudadanos y el orden social, un gobierno debe procurar generar las condiciones para que los ciudadanos formen parte del desarrollo y puedan vivir con dignidad. Y aunque este hecho depende en buena medida del esfuerzo personal, en mayor medida es necesaria la equidad para aquellos que quieren alcanzar sus sueños. En este orden de ideas, el ámbito económico es la base de dicho desarrollo, por supuesto orientado por la educación, el acceso a la salud y el derecho a la vivienda, entre otras cosas.

Como es sabido, en México las cifras económicas tampoco son alentadoras y, aunque en este año se generó un déficit en las finanzas públicas para comenzar el próximo con un superávit, no se prevé que sea medida suficiente para alcanzar el crecimiento deseado por esta administración.
Por otra parte, una de las herramientas que coadyuba a generar este equilibrio es la política social, que tiene como objetivo —especialmente en sociedades tan desiguales como la nuestra— disminuir la brecha entre la carencia y la opulencia a través de incentivos que equilibren el acceso a mejores oportunidades de vida.

Pero el riesgo en este tipo de programas es que pueden ser utilizados de forma discrecional para generar clientelas políticas que subordinan a los ciudadanos en lugar de potenciarlos, pues otorgan como una dádiva algo que la ley garantiza, independientemente de cualquier ideología.
En ese sentido, es conveniente subrayar que la forma en la que se desmanteló la política social que contenía la pobreza desde hace tres décadas, produce muchas suspicacias pues, al igual que la injerencia tendenciosa en los demás poderes y organismos públicos autónomos, deja entrever la tentación autoritaria de la que es víctima la izquierda en toda América Latina.

Sin embargo, a un año de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, aún podemos confiar en que este cambio de paradigma muestre en el mediano plazo que sus cifras eran las correctas y que el combate real a la corrupción —que sin duda es necesario— será la palanca para impulsar el avance de este país.

A partir del siguiente año, si los resultados no comienzan a palparse, no bastarán las buenas intenciones, las mañaneras, ni la retorica de los “fifís” y los “chairos”, para que el gobierno más popular de las últimas décadas pueda caer en la ignominiosa situación de sus predecesores.

Por el bien del país y de quienes lo habitamos, esperamos realmente una cuarta transformación y no una transformación de cuarta.

POR JORGE IVÁN DOMÍNGUEZ

DIRECTOR DE INFORMACIÓN DEL HERALDO DE MÉXICO TELEVISIÓN 

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