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Lecciones para líderes

En México, la protesta ilustra algo de la rabia ciudadana, la incompetencia gubernamental y la incomprensión pública

OPINIÓN

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Es difícil eludir el desasosiego. En América Latina, los meses recientes dan cuenta, en una tras otra sociedad, de disturbios y violencia que lindan con la ingobernabilidad. No sólo estamos hablando de dictaduras como Venezuela, de autocracias agotadas como Bolivia, o de presidencialismos históricamente inestables como Ecuador. Incluso democracias razonablemente consolidadas, como Chile y Colombia, atraviesan momentos de enorme complejidad, con destellos de anarquismo y represión que pudieran retroalimentarse sin control. No se trata de sembrar una alarma injustificada. Asómese usted al desastre de Chile, donde los avances en prosperidad y democracia son notables a pesar de retos importantes en su inconclusa transición, para darnos cuenta que nada de lo alcanzado está fuera de riesgo.

Asimismo, en nuestro país, la protesta ilustra algo de la rabia ciudadana, la incompetencia gubernamental y la incomprensión pública que llevaron a otros al abismo en que se encuentran. Así que no somos inmunes. Por más que las encuestas de opinión muestren todavía a un Presidente resiliente en su aprobación, la sociedad vive angustias importantes. Y a juzgar por cómo se responde, una y otra vez, a los retos y los agravios, el peligro es creciente.

Así que vale la pena preguntarse qué atributo es más urgente para los liderazgos mexicanos, y en todo el continente incluso, para sacar al hemisferio de la crisis y evitar que ella se profundice. Sugiero tres básicos. Quizá ninguno obvio, lamentablemente, a juzgar por lo que se dice y escribe en estos días.

El primero es el respeto por la gente, por su hartazgo y desesperanza. Nos llenamos la boca advirtiendo de cómo algunos perversos engañan a los votantes o manifestantes, hasta que un caso como el de Abril Pérez nos pone un paro en seco. Vea usted la película Brexit, protagonizada por Benedict Cumberbatch, y antes de reparar en los éxitos de la manipulación por redes sociales, conecte con la desesperación de los separatistas. Respetar no implica compartir estrategias o decisiones. Pero sí reconsiderar nuestro desprecio. El segundo es el de no subestimar a los autoritarios. El terreno es fértil, en efecto, para la construcción de narrativas simplistas y victimizantes. Y de soluciones autocráticas que profundicen los problemas u originen unos peores. Pero de nada sirve lamentar su existencia o denunciar su abuso si no se les toma en serio y contrarresta. Y para ello, hay que reconocer su principal logro: conectar con una insatisfacción justificada y urgente. El tercero es más complejo, y al igual que los dos anteriores demanda una nueva formación. Implica reconocer que una parte importante de los problemas que enfrentamos surgen por éxitos parciales construidos hace años y que han traído costos hundidos gigantescos. Y que el cambio tecnológico exponencial nos obliga a reaccionar más rápido, pero nos permite también hacerlo.

En ese sentido, la líder del siglo XXI será una especie de nueva renacentista. Quien domine la tecnología y sea capaz de hacerlo con creatividad, flexibilidad, y conectando, en un plano estético y emotivo, con su público.

 

POR ALEJANDRO POIRÉ
DECANO
ESCUELA DE CIENCIAS SOCIALES Y GOBIERNO
TECNOLÓGICO DE MONTERREY





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