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30 años después

OPINIÓN

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En noviembre de 1989, el muro de Berlín cayó y con ello se ilustró el triunfo del capitalismo sobre el comunismo, y el final de una era luego de sangrientas guerras. Parecía, por fin, que todo estaba claro y que el modelo que el mundo debía seguir había comprobado su viabilidad; la libertad y la democracia, unidas, eran la mejor alternativa. Con el “fin de la historia”, Fukuyama proclamaba que solo había que esperar el paulatino derrumbe de los gobiernos comunistas.

No había sitio para lo que se alejara de la democracia liberal. No obstante, ésta no contaba con los resultados de la globalización: la caída del muro aceleró la integración de las economías y pensamos que, ese progreso que ilusionaba, generaría un orden mundial de mayor entendimiento y desarrollo más incluyente.

Con la integración, los países ricos y pobres se necesitaron mutuamente, modificando el flujo de capitales y personas. La globalización, ingrediente genético del club de la democracia liberal, se convirtió en la palabra que todos debían tener como referencia. No ser global era simplemente no estar. A 30 años de distancia, sin embargo, la frustración de la clase media es generalizada, las guerras comerciales están de regreso, y la pobreza y desigualdad persisten. A pesar que, desde 1970, la economía se ha multiplicado casi cinco veces, la democracia vive un desgaste significativo, y con ello, surgieron otras alternativas.

En la geopolítica mundial, China y Rusia son naciones en donde la democracia no existe como tal, pero sus gobiernos son eficientes. La narrativa de la democracia liberal, que no genera sentido de pertenencia, encuentra en estos países caminos difíciles, en donde el sentido de comunidad y poder induce mayor optimismo que los procesos democráticos tradicionales. En el occidente, la desilusión con ellos favoreció la aparición de populismos de primer y tercer mundo, impulsados por un discurso que busca prender la llama de la esperanza.

Así, populismos de izquierda y derecha coquetean exitosamente con los votantes. Mientras que, en el modelo emergente, las libertades pueden ser secundarias, los gobiernos fuertes y hasta autoritarios imponen el Estado de Derecho con resultados sorprendentes. En China, por ejemplo, hay casi 20 ciudades con más de 15 millones de personas.

La migración del campo a la ciudad es incesante y su crecimiento también, provocando que millones superen la pobreza. La visión a futuro, respecto a ser la potencia número uno, los llena de optimismo y les brinda la confianza que el futuro será mejor que el pasado. Así de simple.

30 años después, entonces, el final de la historia podría reescribirse si el modelo no tan democrático ni liberal, pero ciertamente capitalista como el de China, genera mejores resultados. En los siguientes 100 años, tendremos que vernos en otro espejo, porque el del occidente hace tiempo que luce opaco y sin brillo.

POR JAVIER GARCI?A BEJOS

COLABORADOR

@JGARCIABEJOS

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