Abuchear a Malcorra

Ignacio Malcorra, jugador número 12 de los Pumas, cobró un penal con poca potencia y escasa colocación. Fácilmente fue detenido por el portero rival. Para ese entonces, los universitarios ganaban apenas 1-0 a los Bravos de Juárez; conseguir la victoria significaba un paso importantísimo, casi definitorio, para el equipo dirigido por Miguel González Míchel.

Prácticamente en la siguiente jugada, una descolgada visitante terminó en gol. Así acabó el juego, con una igualada a un tanto que deja a los auriazules con un “pie y medio” fuera de la llamada Fiesta Grande del balompié nacional. Empate doloroso, desesperante, y desesperanzador para la afición puma.

El gol que igualaba los cartones cayó en el minuto 65; desde ahí, y hasta que terminó el juego, cada vez que tocaba el balón Malcorra muchos de los presentes en el Olímpico Universitario lo abucheaban y chiflaban con potencia. Conforme se iba esfumando el tiempo, el repudio fue empeorando.

Por varios minutos, Nacho se convirtió en el gran villano auriazul. Abuchear a uno de los nuestros, vaya situación tan incómoda, extraña, y, para mí, incorrecta. El abucheo no es en sí una ofensa o una falta de respeto; sin embargo, vale la pena detenernos a pensar si es de provecho. ¿Estuvo mal abuchear a Malcorra durante el juego? Yo considero que sí, pues eso no lleva a nada. ¿Con minutos por jugar, las rechiflas a los nuestros nos acercan más a la victoria?

No, todo lo contrario. Creo que sería más útil animar. No le veo provecho alguno a darle la espalda al que falló un disparo, cuando lo hubiéramos apoyado si lo hubiera acertado. Muchos dirán que el hartazgo no fue sólo por el penal, sino por otras fallas que también ha cometido; de ser así, ¿cambia algo intentar hacerlo sentir mal con el juego en desarrollo?, ¿no vale más la pena manifestar inconformidades antes o después de los 90 minutos?

Habría que platicar con cada uno de los que lo “atacaron con abucheos” y preguntarles el motivo del repudio. Sería completamente injusto haberlo hecho sólo por haber fallado un penal, eso le pasa a cualquiera. Si fue por falta de entrega, de actitud, o de compromiso, quizás se entiende; sin embargo, no creo que sea durante el desarrollo del juego, con la necesidad de anotar un gol, el momento correcto para hacerlo.

Se entiende el malestar, los aficionados ponemos mucho para apoyar al equipo. Le brindamos a ellos nuestro dinero, tiempo, convivencia familiar, hasta la salud de nuestra piel que se ve amenazada por el intratable sol capitalino… en muchas ocasiones no nos sentimos correspondidos.

¿Qué podemos hacer? Sinceramente, para mí, en el desarrollo del juego, no hay lugar para increpar a los nuestros. Quizás hay otras acciones más efectivas para manifestar nuestra inconformidad, como los silencios profundos en las gradas, o, de plano, la ausencia en el estadio. Si nuestro hijo, papá, hermano o amigo hubiera errado el penal, ¿le motivaríamos para que saliera adelante con aplausos o le dedicaríamos abucheos para que no volviera a fallar?

POR PONCHO VERA

ALFONSO_VERA@HOTMAIL.COM

@PONCHOVPOF

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