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Dos narrativas

Ninguna estrategia de los últimos tres presidentes funcionó, hasta que AMLO decide tomar en su mano sus mensajes

OPINIÓN

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Una de las fallas crónicas de la alternancia política en México ha sido la comunicación entre gobierno y sociedad. Tanto Fox, como Calderón y Peña no fueron capaces de hacer trascender su discurso cotidiano hacia la sociedad.

Todos y cada uno de ellos fueron perdiendo paulatinamente no sólo su popularidad, sino también la posibilidad de transmitir a la ciudadanía su explicación sobre los acontecimientos que sucedían y en general su visión del país.

Fue eso lo que lo que construyó el presidente Andrés Manuel López Obrador a lo largo de más de una década.

Una narrativa simplista y comprensible que finalmente permeó la conciencia de millones de ciudadanos que lo llevaron al poder.

Ninguna estrategia de comunicación de los últimos tres presidentes funcionó, y no es sino hasta que Andrés Manuel López Obrador decide tomar por propia mano la difusión de su mensaje, cuando éste es validado por la mayoría ciudadana.

Las mañaneras han demostrado ser más eficaces que millones de spots o campañas publicitarias gubernamentales.

Esto produce permanentemente dos narrativas paralelas y excluyentes entre ellas.

La de la crítica y el cuestionamiento de los datos falsos emitidos por el propio primer mandatario y difundidos por medios masivos de comunicación tradicionales, y la del Presidente reivindicada a diario en la mañanera y amplificada principalmente en redes sociales con gran penetración en diversos niveles de la sociedad.

Hasta ahora esta segunda ha sido la ganadora incluso en los casos más indefendibles como el de Culiacán, donde una estrategia político – militar terminada en un fiasco de una magnitud tal que rebasa las fronteras del país, es convertida por la propaganda oficial como el triunfo de la razón, la prudencia y el “humanismo”, frente a la barbarie de los conservadores.

El control de daños de un operativo fracasado lo hace el propio Presidente quien no reconoce jamás falla alguna, sino que recurre permanentemente a la “herencia del pasado”, o a la perversidad de sus adversarios para justificar cualquier error en su equipo gobernante o en una mala decisión tomada por él.

En algún momento las dos narrativas terminarán por chocar en la arena electoral y entonces veremos hasta dónde la población responde a una u otra visión de la realidad. Por lo pronto no hay posibilidad alguna de contacto entre ambas.

El gobierno ha apostado por la polarización total, esperando que la narrativa de Andrés Manuel López Obrador se imponga sobre una realidad que lo contradice una y otra vez.

El problema es que en determinado momento lo real se terminará imponiendo a lo imaginario y nos arrastrarla todos sin distinción alguna. Siguiendo la concepción bíblica del primer mandatario: “Después de mí, el diluvio”.

POR EZRA SHABOT

EZSHABOT@YAHOO.COM.MX 

@EZSHABOT

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