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Reyes Magos simples

Saber disfrutar las cosas más simples de la vida es algo que se nos va olvidando a medida que vamos envejeciendo

OPINIÓN

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Cuando somos niños, no tenemos esos prejuicios que nos impiden gozar la simpleza de admirar un cielo muy azul o sentir los granos de arena en los pies al caminar descalzos por la playa. Cuando era muy pequeña, una mañana de Reyes Magos, nos despertamos mis hermanos y yo con la felicidad de abrir nuestros regalos. Nos habían dejado varios juguetes a cada uno, pero había una caja muy grande que contenía un grillo montable. Ahora que lo pienso, era un juguete curioso; no era un caballo o cualquier otro animal que pudiese montarse; no, era un grillo gigante color verde fosforito y amarillo limón con ruedas en las patas y unas antenas de resorte metálico en la cabeza. La gracia del juguete medio extraterrestre era que, al sentarte, el mecanismo de las patas se doblaba hacia abajo y entonces el bicho avanzaba dando una especie de tímidos saltitos. De entrada, ya estábamos peleando turnos para montarlo y divertirnos en nuestro “paseo en grillo”. Lo primero que hice fue aferrarme a las antenitas metálicas como si ellas mágicamente fueran a salvarme de una aparatosa caída; sabía que sujetándome a ellas estaba súper segura. Nos salimos los tres a jugar a un patio con nuestros regalos nuevos aquella fresca mañana de reyes. Mi mamá estaba preparando cosas en la cocina mientras escuchaba a lo lejos lo divertido que estaban sus hijos. Se sintió satisfecha de que los Reyes habían atinado esta vez con sus regalos. Ella sonreía colmada de orgullo escuchando las carcajadas de sus tres hijos y, desde el calor del fuego de la estufa, ponía imágenes a esas risas de sus hijos montando el grillo gigante. Su amor de madre curiosa pudo más que solo imaginarlos, así que se asomó por la ventana para verlo a todo color. Cuál habrá sido su sorpresa, y quizá decepción a la vez, cuando descubrió que el bicho gigante nuevecito estaba abandonado en un rincón del patio al rayo del sol y las carcajadas de sus hijos eran provocadas por la caja de cartón en la que venía empaquetado. El juego era tan simple como que uno de nosotros se metía dentro de la caja y los otros dos lo arrastraban dando vueltas por el patio. Aún recuerdo bien esa mañana porque reí a carcajada limpia mientras era arrastrada por mis hermanos dentro de una caja de cartón imaginando que iba en un coche supersónico. Los años pasan y nos vamos llenando de cosas, de grillos fosforitos, que creemos que nos dan felicidad. Pero siempre es bueno recordar esos días inocentes cuando una sencilla caja de cartón era capaz de hacernos volar, descubriendo que las cosas más simples siempre construyen los más grandes momentos.  

Por ATALA SARMIENTO

@ATASARMI