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Monumento a la Revolución

OPINIÓN

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Así comparó Gerardo Ferrando, director del Grupo Aeroportuario de la CDMX, al Nuevo Aeropuerto en Texcoco (NAIM): como una especie de magna obra inconclusa que representará un cambio histórico en el país (entrevista con Gabriela Warkentin, 4/01/2019). Cuadra muy bien esta declaración con el impulso esencialmente simbólico de la cancelación de este proyecto. Porque sólo así, como una apuesta protohistórica, de un pretendido arranque de una nueva era, se entiende la decisión por parte del nuevo gobierno. No hay otra narrativa convincente al respecto. Hasta ahora ha sido con argumentos generales y muchas veces desinformados o falaces (siendo el más notorio aquel en que se explicaba que Santa Lucía podía convivir con el AICM porque los aviones modernos “se repelen en vuelo”), como se han justificado las decisiones al respecto, cuando todos los argumentos técnicos han respaldado al NAIM. La falta de explicaciones del gobierno de AMLO ha sido tan lacerante, que ante el cálculo ofrecido por José Antonio Meade de los costos de oportunidad del cierre de Texcoco, su propio secretario de Comunicaciones y Transportes prometió que se ofrecerá, en febrero, un documento técnico que la justifique. Leyó usted bien, este documento no se tiene listo. La decisión se tomó en octubre del año pasado, después de una consulta sin base legal, durante la transición. El documento donde se tendrán claras las razones de la decisión estará listo hasta febrero de este año. Partamos de lo obvio. Es pésima idea tomar decisiones tan relevantes y potencialmente costosas con motivos simbólicos. A la par del costo estimado por Meade de 145 mil millones de dólares (dato no refutado directamente aún, por cierto), hace unos días Carlos Elizondo Mayer (Excélsior, 20/12/2018) detallaba cómo el paquete económico 2019 tuvo que incorporar en sus estimaciones de servicio de la deuda y otras variables un entorno financiero significativamente peor para México, debido precisamente a la cancelación del NAIM. Pero mi punto es distinto. Es que incluso desde una perspectiva simbólica, el NAIM puede convertirse, más que en un ícono de los avances de la autoproclamada cuarta transformación, en el símbolo de sus principales fracasos. El Monumento a la Revolución se acabó por levantar décadas después de interrumpido su arranque, cuando se iniciaba una etapa de construcción de la narrativa histórica posrevolucionaria. A diferencia de ello, hasta hoy el cierre del NAIM no representa más que la decisión autocrática, legitimada con una consulta populista, de un gobierno desmedidamente ambicioso y testarudo, de marcar una diferencia con el pasado. Pero puede ponerse peor. Ante los costos de la decisión, que pudieran incluir daño patrimonial cuando la Auditoría Superior de la Federación investigue, y la decisión del gobierno de “arreglarse” con los inversionistas del NAIM, eliminando la investigación de presuntos actos de corrupción en la obra previa, dos de los valores primordiales de la narrativa de AMLO, la austeridad y el combate a la corrupción, están en entredicho. Al tiempo veremos de qué será monumento el cancelado NAIM.  

Por ALEJANDRO POIRÉ

@ALEJANDROPOIRE