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Mascotas y esclavas

OPINIÓN

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Cuando creía estar en el pináculo del cosmopolitismo tomé un avión Barcelona-Orly. En mi pueblo, le iba diciendo a mi vecino del lado, un catalán mayor vestido como para irse a pescar o a las regatas, con un jersey azul que se caía de morado, como decía Pellicer. Desde la sala de espera tres francesas –madre e hijas- han llegado con sus animales. O mejor habría que decir que tres mascotas han llegado con sus esclavas. La escena es magnífica y podría haberla pintado Francis Bacon. La madre, por ejemplo, con un pequinés rubio, coqueto, relamido (o puede ser relamida, no me fijé en su sexo) y una pequeña maletita ad hoc negra con un gran espacio para que su perrito respire. La hija intermedia enjuta y desgarbada con un rostro de amargura que es como decir hace un siglo que se acabó el spleen, ya no me dejan tomar ajenjo, odio los cruasáns, lleva una maleta roja, algo más grande y de allí saca, no sin antes colocarle un bellísimo collar rojo con imitación de diamantes incrustados, a un gato gris enorme y arrogante que de inmediato se sienta en su regazo, ronronea un poco y se queda dormido. Ha conseguido tan beatífico estado gracias a que la francesa con cara de haber nacido en el siglo equivocado y la pena de no ser Camile Claudet, le ha dado unos doce o quince besos en las orejas, la cara, la boca y quizá si no estuviésemos allí habría seguido casi engulléndose a su tigre domesticado. La más joven de las tres es hermosa, tiene un cuerpo delgado y fuerte y se ha comprado al perro más feo que hayan visto mis ojos. Un perro apenado de su tamaño, como si a un rotweiler le hubiesen alterado sus genes para hacerlo chihuahua o french poodle minitoy. Allí está la tercera con su perro faldero que es mucho más generoso que el gato, puesto que a cada beso de su maitresse el can le da un soberbio lenguetazo en el rostro aún bello, aparentemente feliz. La más pequeña sí está a gusto en el siglo XXI, este siglo soso, banal, pseudo-elegíaco. Mi asiento es el 15C (hemos de ir allí unos trescientos setenta seres humanos y tres mascotas), el 15 B lo ocupa el aprendiz catalán de marinero pasado por el lente del LSD. Ahora lo veo mejor: se ha escapado de un cuadro de Monet, con todo y la caña de pescar. Y en el 15D, la francesa joven con su perro horrible. Le dejan abrazarlo (dentro de su bolso, claro está). Y allí se queda hasta que llegamos a Orly. El 15E está convenientemente vacío y en el 15F la pobre francesa lleva de acompañante a un hombre ballena que se ha dormido todo el viaje y ha roncado como una turbina auxiliar. Caminamos rumbo a la banda de equipaje. Ella ha sacado al perro y éste, incontenible e impúdico ha meado en el pasillo, ha cagado junto a una columna y se ha estirado a base de violentas sacudidas como sólo pueden hacerlo los perros o los derviches. La hermana y la madre se acercan, se reencuentran. La del gato lo conserva dentro del bolso rojo. Temerosa, quizá, de parecer una egipcia ridícula arrastrando a su felino por el aeropuerto. Al salir de allí un hombre las espera. Es el novio o el esposo de la joven. Ha ido a recogerlas. Menos mal, pienso, con lo malencarados que son los taxistas en Paris les parecería extraño llevar un zoológico en su coche. El hombre se acerca, hace el ademán de abrazar a la joven, pero en realidad se hinca, toma al perro más hórrido que mis ojos hayan contemplado y lo besa. Mil veces lo besa. Luego se van los siete a su vida y me dejan a mí en la mía sin perros ni gatos ni bolsos. Ni besos. Como un japonés aficionado o un nostálgico de youtube les he tomado una foto con mi celular, por si nadie me cree.  

COLABORADOR

@pedropalou