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Ricardo Pascoe: Querido infierno

OPINIÓN

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En su comparecencia ante la Comisión de Justicia del Senado de los Estados Unidos, la doctora Christine Blasey Ford dijo que el candidato a ocupar un escaño en la Suprema Corte de Justicia de esa nación, Brett Kavanaugh, trató de violarla cuando tenía 15 años. Ante un grupo de senadores republicanos —todos hombres blancos y dudosos de ella y de sus intenciones— y una minoría de demócratas, incluyendo dos mujeres, una de origen latino, que la veían con más simpatía, la doctora. Blasey Ford declaró: “Estoy aterrorizada de estar aquí, pero sentí que era mi deber cívico decirles quién es Brett Kavanaugh”. Relató, ante este público mayoritariamente hostil y descreído, como Kavanaugh, briago y acompañado de un amigo, la sujetó a una cama y trató de arrancarle la ropa. Cuando ella intentó gritar por auxilio, el hoy candidato le tapó la boca y ella pensó, horrorizada, que la quería matar. Cierto o no, el hecho es que se impuso la fuerza física del varón. Sin embargo, no pudo arrancarle la ropa completamente porque debajo de la falda llevaba su traje de baño de una pieza. La torpeza de los dos hombres embriagados le permitió liberarse de su control y ocultarse en un baño. Luego huyó de la casa. La doctora Blasey Ford explicó que se sentía tan avergonzada del incidente que no lo platicó con nadie, ni siquiera a su familia. Fue hasta antes de casarse que se lo dijo a su futuro marido, pero en términos muy vagos y sin dar nombres de los involucrados. Años después la pareja empezó la remodelación de su casa y ella exigió que la casa tuviera dos puertas principales. Ante sus confusas explicaciones del porqué de semejante demanda, su marido y los constructores se declararon perplejos. En terapia de pareja ella explicó en gran detalle el abuso que había sufrido y por ese trauma explicaba que tenía que asegurar que tuviera una vía de escape adicional. De ahí la necesidad de una casa con dos puertas principales. En la comparecencia ella se mostró abierta, vulnerable, dolida y, como lo confesó, sentía terror de estar en ese lugar y ante ese público. Además estaba su situación familiar: habían recibido amenazas de muerte y tuvieron que huir de su casa, contratando guardias de seguridad para protegerse. En cambio, Kavanaugh se comportó según el script que le endilgó Trump: ataca, niégalo todo, y di que es un complot de los demócratas para ensuciar tu honorable nombre. Claro, también otras dos mujeres lo habían acusado de lo mismo que Blasey Ford, por lo cual se especulaba acerca de un patrón de conducta abusiva hacia las mujeres, especialmente en estado de ebriedad. La furiosa y hostil negación de Kavanaugh contrastaba con la voz temblorosa y el relato adolorido de Blasey Ford. La diferencia entre ambos personajes impactó al público que siguió las comparecencias. En tiempos del movimiento #MeToo (YoTambién) que ha permitido a miles (¿millones?) de mujeres hablar públicamente de los abusos sexuales y psicológicos que han sufrido a manos de los hombres —especialmente hombres más poderosos que ellas— la confrontación entre Blasey Ford y Kavanaugh se ha transformado en un momento de quiebre en la sociedad estadounidense. Según una encuesta y grupos focales de CNN, el Partido Republicano está siendo severamente juzgado por ser un partido al servicio de los intereses, la cultura y el proteccionismo de los hombres blancos de EU. Como resultado de la tensión generada en la sociedad por ésta situación tan confrontacional, el Senado, muy a pesar de la mayoría republicana, tuvo que ceder, aceptando una investigación (“expedita y en torno a este exclusivo asunto”) del FBI. Este hecho cambió todo, porque lo que afirman, o niegan, los comparecientes será bajo juramento de decir la verdad. El mismo Kavanaugh tendrá que justificar, o negar, dichos suyos, hechos bajo juramento, ante el Senado y el FBI. El resultado de la investigación definirá su futuro. El fenómeno misógino que vemos en Estados Unidos no es un infierno privativo de ese país. En México constatamos la violencia contra mujeres. Las estadísticas referentes a los feminicidios son alarmantes, por su extensión así como por su alcance social. No importa clase social ni nivel de ingreso o educación formal: la violencia contra las mujeres y la prevalencia de abusos sexuales se da en millones de casas y centros de trabajo de nuestro país. Las recientes expresiones del Presidente electo hacia periodistas mujeres como “mis corazoncitos”, y dándoles besos sin permiso, no abonan a resolver este problema en nuestro país, sino que, objetivamente, fomentan el clima misógino en que viven las mujeres mexicanas.