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Javier García Bejos: México en transición

Con 30 millones de votos como tarjeta de presentación, la cuarta transición ocurre, a diferencia del pasado, entre visiones distintas

OPINIÓN

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En el 2000, México tomó un paso decisivo hacia la plena normalidad democrática; por primera vez, la Presidencia de la República cambió de partido político. Hace 18 años, ya trabajaba en el gobierno federal y me tocó vivir ese proceso inédito. Entonces comprobamos que, con el tiempo, México construyó instituciones sólidas y estabilidad que garantizaba poder transitar de una administración a otra en paz. Antes habíamos aprendido, en innumerables y dolorosas crisis de fin de sexenio, que con la economía no se debía jugar, y que los que se iban y los que llegaban, debían tener entendimiento y compromisos más allá de visiones particulares. La estabilidad en todos los sentidos siempre será el valor más importante de un país que goza de una democracia plena; el diálogo y generosidad política juegan, en momentos de cambio, un papel protagónico por el bien común. Vendría el 2006, después de una elección compleja y luego el 2012, con una nueva transición. La tercera, a diferencia de las anteriores, reconoció un hecho fundamental: para avanzar en la agenda pendiente, se tenía que buscar el concurso de las mayorías. Así surgió el Pacto por México, y con él, una agenda de reformas estructurales que de algún modo habían sido discutidas, sin que sus planteamientos superaran antes la inercia del desacuerdo. Nuevamente, la economía había resistido; las crisis de fin de sexenio habían sido superadas. México generó credibilidad al exterior, porque la estabilidad en los conceptos fundamentales permitió construir expectativas a partir de nuevos funcionarios y planes de gobierno. Con 30 millones de votos como tarjeta de presentación, la cuarta transición ocurre, a diferencia del pasado, entre visiones distintas y hasta divergentes. Sin embargo, salientes y entrantes están dialogando y generando una transición sin precedente e intensa en todos los sentidos, pero respetuosa y ordenada. En este camino de apenas unas semanas, y con todo y las claras y profundas diferencias, la señal que envía la democracia mexicana es muy poderosa: existe unidad y compromiso con el país, nadie quiere equivocarse y se valora la estabilidad y equilibrios económicos. Inéditamente, se conduce la negociación del TLC y las dependencias trabajan en un proceso de entrega-recepción que no habíamos visto antes. El nuevo gobierno ha delimitado una ambiciosa agenda y por supuesto, se han planteado cambios de fondo, forma y circunstancia, pero absolutamente todo sucede dentro del Estado de Derecho y nuestras instituciones. A lo lejos, con preocupación, escucho voces que parecieran buscar incluir en la transición la ruptura y el encono, y con ello el franco retroceso; recordemos que la transición garantiza que unos y otros, hoy y después, rindamos cuentas. Mientras tanto, hay que permitirle a México vivir este proceso como un ejemplo de lo que podemos construir por el bien común, sin sobresaltos y con ganas de seguir caminando.