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El olfato del gladiador

el actor Russell Crowe era el sex symbol del momento cuando se estrenó la película de Gladiador

OPINIÓN

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Me puse estupenda y entaconada para las entrevistas con motivo del lanzamiento de la película en Century City, Los Angeles. Mi vuelo de vuelta a casa salía esa misma tarde; tenía las horas contadas para trabajar y salir supersónica rumbo al aeropuerto. Para colmo, a mitad del plan de medios, Joaquín Phoenix tenía que “recuperarse de algo” atrasando todo, así que mis nervios se iban poniendo de punta. Después de una larga y desesperante demora ¡por fin! mi última entrevista, Russell Crowe: el bombón del momento. Al fondo de un cuarto lleno de gente estaba él sentado en una silla, con una playera tipo polo azul marino de manga larga y unos jeans; iluminado y en su mejor forma física. Delgado, fuerte, peinado; guapo con “G” de “¡grrrrrr!”. Yo, más nerviosa de perder mi vuelo que de hablar con él, me puse el micrófono, me acomodé, dejé mi bolsa, guardé cosas, saqué mis preguntas y empecé a interrogarlo. Mientras hablábamos, yo estaba concentrada en entender su marcado acento neozelandés contándome cómo al principio del rodaje una rama se le clavó, perforándole el cachete derecho, por lo que tuvo que seguir en secuencia esa herida el resto de la filmación. Se terminó nuestro tiempo y entonces yo me levanté como bólido para despedirme. Él me miraba atento como extrañado, me dio un beso en la mejilla y me dijo “Hueles muy bien ¿qué perfume llevas?”. Y yo, mujer al borde de un ataque de nervios, sin mirarlo, sólo atiné a decirle “Gracias por la charla, encantada, buenas tardes”, y salí como velocista, en tacón del 12, importándome sólo no perder mi vuelo. Al día siguiente, en el trabajo, transfería la grabación mientras buscaba algo, cuando una compañera me dijo: “Uy, Atala, te estaba echando el ojo, ¿eh?”. Congelóse todo, menos mi atención, que entonces se concentró total en mi material. Para mi sorpresa, en lo que me ponía el micrófono, acomodaba mis cosas, sacaba mis preguntas y toda esa parafernalia, descubrí que Russell Crowe no me había quitado los ojos de encima escaneándome de arriba a abajo, una y otra vez, hasta que yo empecé a hablar. Ante su frustrada curiosidad en mí, supongo que preguntar por mi perfume fue una última manera lanzar su anzuelo. Y yo ¡ni enterada! Me quise poner a llorar ante mis imágenes, de haber ignorado desfachatadamente a quien era el hombre más deseado del momento en Hollywood. Antes, cada vez que veía una foto suya tan estropeado, pensaba: “Yo me hubiera encargado de que el Gladiador conservara esos pectos de infarto sin tener que haber malbaratado en una subasta su cosaca de romano”. ¡Qué desperdicio! Ahora, cada vez que lo publican barrigón, desaliñado y barbón, yo sólo respiro hondo oliendo mi perfume y, pícaramente, me parto de risa.