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¿Podrá cambiar al país?

OPINIÓN

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# AGENDA CONFIDENCIAL   Millones de ciudadanos que salieron a votar el día de ayer, y también quienes no lo hicieron se preguntaban: ¿El ganador de la elección presidencial podrá cambiar al país? ¿Ahora sí será efectivo su combate a la corrupción, a la inseguridad, a la pobreza que son los principales flagelos que azotan desde hace varias décadas al país?  ¿Con quiénes va a instrumentar el cambio?  ¿Podrá hacer un buen gobierno? Los escépticos, que son millones, afirman que no hay que hacerse muchas ilusiones, nada más poquitas, porque llevar a cabo el cambio que los cuatro candidatos presidenciales prometieron en sus campañas va a estar difícil. Acabar con la corrupción llevará años, muchos años; ganarle la guerra a la delincuencia organizada y desorganizada podría llevar lustros, y combatir la pobreza, que se convirtió en miseria, y la desigualdad, que cada vez es más grande, podría seguir siendo un mito genial, pues ningún presidente, desde Lázaro Cárdenas hasta la actualidad lo ha conseguido; uno que otro incluso terminó su sexenio llorando y pidiéndole perdón a los jodidos porque no les cumplió. Permitan los lectores recordar lo que en varias ocasiones hemos comentado en la Agenda Confidencial desde hace diez, veinte, treinta años. Al tomar posesión del cargo, todos los presidentes de la República posteriores a la Revolución Mexicana incluyeron en sus discursos, unos con brevedad y otros de manera extensa, sentidas referencias a los pobres y grandilocuentes promesas para sacarlos de la marginación. Es posible que, en su momento, las palabras presidenciales hayan infundido una mínima esperanza en el ánimo de los millones de olvidados de la justicia social, pero ninguno de los depositarios del Poder Ejecutivo Federal logró el objetivo anunciado: abatir la miseria en el país. Sin ir muy atrás en el tiempo, basta revisar lo que dijeron al tomar posesión del cargo los últimos 13 presidentes sexenales de la República, a partir de 1934, para confirmar que sus discursos no se tradujeron en hechos, sino que se quedaron solamente en palabras... palabras... palabras... El problema, bueno el gran problema, es que ahora a la pobreza y a la desigualdad se ha   agregado la inseguridad, la violencia, la corrupción, el narcotráfico, que en las últimas tres décadas se han incrementado de manera alarmante, y se ha extendido por todo el territorio nacional. Y   ninguna estrategia, plan, programa, acción ha sido suficientemente efectiva para enfrentarlos. ¿Qué hace suponer que ahora sí el que llegue a Los Pinos trae la fórmula mágica para acabar con los principales flagelos que azotan al país? Por lo pronto, el ganador de la elección presidencial tendrá cinco meses para tomar un curso rápido de cómo se tiene que gobernar al nuevo México que prometieron en sus campañas, y también los planes, programas, acciones en materia política, social y económica, y financiera para conseguirlo. Los observadores políticos objetivos e imparciales, algunos de ellos calificados como agoreros del desastre, insisten: No se hagan muchas ilusiones, nada más poquitas.