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Canada, Oh Canada!

Tras de los atentados del 11/S, Canadá abrió sus aeropuertos para miles de pasajeros que volaban hacia EU

OPINIÓN

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E n 1979 la embajada de Canadá en Teherán dio refugio a seis diplomáticos estadounidenses que habían escapado a ser tomados como rehenes cuando una turba de estudiantes seguidores del ayatola Ruhollah Jomeini, que había logrado deponer al Shah de Irán, se apoderó de la embajada. Cuando los diplomáticos fueron rescatados en un hecho que inspiró la película Argo, los letreros de agradecimiento a Canadá brotaron a lo largo y ancho de los Estados Unidos. 20 años después, cuando el 11 de septiembre de 2001 tres aviones de pasajeros secuestrados por extremistas musulmanes fueron lanzados contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington, el gobierno de EU cerró su espacio de navegación aérea y obligó a todos los aviones en vuelo a descender en el aeropuerto más cercano. Canadá abrió sus aeropuertos para miles de pasajeros que volaban hacia los Estados Unidos. Y otra vez, la oleada de agradecimiento a Canadá, que en aquel momento como en el anterior, habían considerado que se trataba de una obligación de amigos y aliados. Después de todo, creen los canadienses, hay una relación especial entre ellos y los Estados Unidos. Una derivada del hecho de que Canadá se formó en gran medida con los colonos que decidieron mantenerse leales a la Corona Británica, tras la guerra de Independencia de los Estados Unidos. Pero sobre todo, de que a través de los años se ha creado una vinculación tan cercana, constante, que se transformó en una íntima relación económica, cultural y social. Pero de repente son los malos de la película. O al menos es como los quieren presentar el presidente Donald Trump y sus asesores luego de los vivos desacuerdos durante la cumbre del Grupo de los Siete (G7) el fin de semana pasado en Quebec. De acuerdo con los canadienses, su pecado principal es no permitir que un comportamiento cortés sea tomado como debilidad y no ceder a todas las demandas de Trump. Pero según Larry Kudlow, asesor económico de Trump, el premier canadiense Justin Trudeau "apuñaló a Trump por la espalda" al criticar la política comercial estadounidense. El asesor comercial de la Casa Blanca, Peter Navarro, afirmó, por su parte, que "hay un lugar especial en el infierno" para cualesquier líder extranjero que "negocie de mala fe" con Trump. Y el culpable, por supuesto, es Trudeau. Después de todo, trató de convencer a Trump de que no impusiera tarifas al acero y el aluminio fabricado en Canadá y advirtió sobre respuestas; y como anfitrión del encuentro del G-7 buscó convencerlo de los riesgos de una guerra comercial. A cambio de chocar con sus aliados de décadas, Trump negocia ahora con el líder norcoreano Kim Jong-Un, busca una mejor relación con el presidente ruso, Vladimir Putin y hacer tratos con China. Nada de eso es necesariamente malo. Pero para hacerlo no tiene que patear a sus amigos. ¿Olvidarán los canadienses?