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Fraude o no fraude

OPINIÓN

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A un mes de las elecciones una pregunta se repite ubicua: ¿”Habrá fraude electoral?”. La replico tal cual me la han planteado o la he escuchado cada vez con más frecuencia conforme se acerca el 1 de julio.

La pregunta parte de la memoria y tiene lógica. Durante siete décadas los mexicanos convivimos bajo grandes movimientos sociales y expresiones de repudio al régimen de la aplanadora priísta que dejaba sembrados fraudes electorales de Sonora a Yucatán. 

El principal antídoto a un fraude, ya se sabe, es la participación ciudadana. El mejor aliado del puntero el día de la elección será el voto masivo: la suma del voto duro de Morena, más el de distintos segmentos de electores (viejos, mujeres, universitarios jóvenes, clase media), que representan el voto anti PRI, hacen improbable que la maquinaria priísta pueda revertir una derrota que además de inminente, parece de proporciones inéditas.

De acuerdo con el poll de polls de todas las encuestas, para alcanzar a Andrés Manuel López Obrador el candidato del PRI necesitaría conseguir alrededor de 25 millones de votos (alrededor de 1 millón de votos por cada punto porcentual).

Salinas ganó con 9 millones de votos, Zedillo con 17 millones y Peña con 18 millones. Nada es imposible, pero no se ve realista que en un mes Meade pueda obtener más votos que ningún otro candidato priísta, cuando la marca PRI se encuentra en su peor momento.

La memoria de las matemáticas electorales es importante para entender el estrecho margen de maniobra del PRI y su candidato. En febrero, en el inicio de la campaña, Meade definió que no era necesario ser un sabio para entender que con una regla aritmética podía ganarle a López Obrador:

“Las encuestas sobre preferencias electorales solo exponen conocimiento e intención del voto, y si con ello se hace una regla de tres, se gana”.

Pero las fórmulas de Meade, trazadas y puestas en marcha bajo un calendario riguroso y puntual, comenzaron a caer una a una.

Primero la intervención rusa. Después Venezuela. Luego la guerra sucia, y al menos en las encuestas no funcionaron las sospechas en torno a la salud de AMLO ni el bombardeo de spots para contrastar a Meade con el tabasqueño. El último tiro de alto riesgo de Meade ha sido elegir como blanco a Nestora Salgado y a no a Napoleón Gómez Urrutia. Y a rezar para que no le reste más votos.

El comportamiento del presidente Peña en la elección también entra en el juego de valoraciones.

Peña no se ha metido en la elección como lo hizo Fox. El PRI de Peña y de Meade usó políticamente a la PGR para perseguir a Ricardo Anaya, pero  con todo lo autocrático del hecho no puede compararse con la intervención de Fox para intentar desaforar a AMLO.

Quizá el mejor antídoto anti chanchullo está en la estructura obradorista, que por primera vez tendrá una cobertura de 100 por ciento en las casillas.