Haz tu denuncia aquí

Ricardo Pascoe Pierce: Similitudes entre AMLO y Trump

OPINIÓN

·
Hoy en día hablar de populismo ya tiene su propia vacuna en el ánimo social. Hablar del populismo suena al inmediato pleito electoral. Hablar contra el populismo es tomado como críticas contra Andrés Manuel López Obrador, mientras defenderlo es soslayar sus puntos débiles, como un acto de fe.   Parecería más útil explicar contenidos y no detenerse en adjetivaciones. Especialmente porque las similitudes entre AMLO y Trump resultan sorprendentes. Los enumeramos: ambos definen sus enemigos exteriores, luego definen al enemigo interior. Ambos operan políticamente definiendo objetos de odio. Ambos también anuncian medidas rupturistas, lo cual abre las puertas a la implementación de medidas extraordinarias, muchas veces al margen de la legalidad establecida. Como consecuencia de lo anterior, siempre abren la puerta a la toma de acciones al margen de las instituciones democráticas. De ahí su ambigüedad frente a los dictados democráticos de las instituciones, incluyendo las elecciones.   Por otro lado, ambos atacan ferozmente a los medios de comunicación, acusándolos de colusión con los enemigos internos y externos. Su tolerancia a la crítica o la disidencia y la oposición es mínima, encontrando en sus expresiones una intención de subvertir sus proyectos y minimizar sus ambiciones. El efecto que tiene su belicosidad contra las opiniones diferentes es que erosiona gravemente el legítimo debate público.   Cuando se encuentran con expresiones de participación ciudadana y la sociedad civil organizada, les parece que su autonomía de expresión e independencia de acción es una amenaza a su pretensión de ejercer el poder sin limitaciones. Procuran circunventar esas formas de ciudadanía organizada, enfrentándolas con formas de supuesta democracia directa, como las consultas de opinión, referéndum y las decisiones a mano alzada en la plaza pública. Estas acciones incluso sirven para atacar y negar legitimidad a decisiones de los órganos legislativos constitucionalmente constituidos. Su pretensión es ir cerrando canales de participación organizada de la ciudadanía en la toma de decisiones, optando por la participación desorganizada e inorgánica de la población, para diluir la efectividad de ciudadanía autónoma e independiente, para que todo quede bajo su control.   En tiempos de globalización, ambos dirigentes recurren a la exaltación de sentimientos nacionalistas, junto con una impronta aislacionista notable. Así, el lema trumpista de “America, first!” encuentra eco en la propuesta amloísta de promover que nada más se consuman productos mexicanos dentro del país, producidos por mexicanos. La renegociación del TLCAN es simplemente la defensa del concepto combinado de nacionalismo y aislacionismo.   Por otro lado, y siempre abocados a eliminar todo aquello que limite su ejercicio del poder unipersonal, deliberadamente provocan tensiones que tiendan a debilitar la división de poderes. Por lo tanto, consideran que tanto el Poder legislativo como el Poder judicial son enemigos a doblegar. Siempre manejan la idea de que el pueblo es primero, antes que las instituciones. La mejor manera de debilitar a las instituciones es cuestionando la integridad personal de todos sus integrantes, sin excepción.  Trump denunció a todos los legisladores y jueces durante su campaña y AMLO hace exactamente lo mismo. Corrupción, deshonestidad, falta de ética, complicidades, acuerdos en lo oscurito: se les lanza todos los adjetivos posibles a los integrantes de esos poderes. El propósito es muy simple: para gobernar a mano alzada y sin contrapesos, hay que destruir la credibilidad de las instituciones. La receta es simple y ambos, AMLO y Trump, siguen al pie de la letra el guion para su destrucción.   El paso siguiente en el proceso de romper con las instituciones será la criminalización de sus rivales políticos. Mientras Trump acusa a la investigación en el caso de la colusión con Rusia como una cacería de brujas, AMLO asegura que la Mafia del Poder lo quiere derrotar en las urnas, y más allá, pero que él no se dejará. Ambos han utilizado la criminalización de sus enemigos como instrumento de control político: AMLO encarceló a Ahumada durante su gobierno y Trump quiso encarcelar a Hillary Clinton. Para ambos la idea de encarcelar a sus opositores es un recurso siempre posible.   La utilización del lenguaje del odio también es común entre AMLO y Trump. AMLO odia a la Mafia del Poder e incita a sus seguidores a que también los odien, aún sin saber exactamente de quiénes se están hablando. El odio también alcanza a ricos, blancos, fifís, empresarios y a todo aquel que se atreva a oponerse a su proyecto. Trump hizo lo mismo, contra negros, musulmanes e hispanos. Y el odio, encadenado al miedo e ignorancia, lo eligió Presidente de Estados Unidos. Creen ganar votos exacerbando el discurso del odio, que está íntimamente ligado a los más profundos miedos de la gente. Es así como estos dos líderes mueven la política hacia el discurso rupturista y emocional, no racional, para poder, así, gobernar en desacato a las normas democráticas y las libertades de todo ciudadano.   ricardopascoe@hotmail.com @rpascoep