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Pedro Ángel Palou: Amnistía y reconciliación

OPINIÓN

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Hace unos años participé en un foro en Washington con el arzobispo anglicano Desmond Tutú sobre reconciliación. Estaba también Gorbachov y un rabí que ha propuesto desde hace tiempo la solución de los dos estados en Israel, y soldados rescatados de Sierra Leona. Uno de ellos con apenas catorce años. Y víctimas de distintas guerras con marcas indelebles en sus cuerpos de la violencia y el absurdo.   En una de las cenas en la National Gallery me tocó la suerte de estar sentado junto a Tutú. Esa mañana había explicado a la audiencia porque su Comisión de la Verdad y la Reconciliación -propuesta por Mandela en 1995- era un modelo. Había insistido en la filosofía detrás del proyecto: sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón. Atrás del perdón hay entonces siempre una justicia restauradora para las víctimas. El éxito de la comisión radicó, en buena medida, en escuchar.   En la cena hablamos sobre las violencias del nuevo milenio -étnicas, raciales, y siempre de los poderosos contra los pobres, en sus palabras- y comentó que entendemos erróneamente la ley del talión bíblica. No se trataba de mochar manos -como en algunas sociedades musulmanas actuales, sino de que no se pudiera asesinar a los parientes del culpable del crimen. Un crimen se paga con el mismo crimen, dice Tutú que significa el ojo por ojo, no la brutalidad. En sociedades tradicionales, como la de la China de Confucio también la parentela pagaba el daño. A eso se refería el arzobispo.   Ahora, tan cerca de un probable triunfo en las elecciones de 2018 de Andrés Manuel López Obrados es con estos ojos que debemos leer su propuesta de amnistía. Pero también estamos obligados a discutirla, complejizarla y permitir que dé frutos. El perdón es un acto individual, la reconciliación es social y colectiva. Al caer el apartheid se reconocieron las once lenguas “nacionales” de Sudáfrica. Una mujer a la que el propio Tutú tuvo que servir de intérprete dijo en su lengua: “El estado no puede perdonar. Yo soy la única que puede hacerlo. Y todavía no estoy preparada”. Que sirva esta anécdota como sostén. No puede haber amnistía, pero si un proceso de verdad y reconciliación de la violencia del narco y de la violencia estatal. El estado debe pedir perdón, los criminales deben pedir perdón y en ese marco deponer las armas. Tutú escribió en el mismo sentido una conmovedora carta a los colombianos cuando estaban recién en el proceso de firmar la paz: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12245385.   Nuestra sociedad está harta, iracunda, dividida al máximo, necesitada como he afirmado aquí mismo, de un nuevo contrato social. Una amnistía -pienso en la que encabezó Lázaro Cárdenas- arropada por una Comisión de la Verdad y la Reconciliación que escuche a las víctimas y proponga una justicia reparadora y sobre todo la eliminación de las causas que propiciaron esa violencia -la militarización de las calles, la guerra contra las drogas, pero también contra la pobreza- y la voluntad también de los cárteles de entregar las armas mediante no solo la amnistía sino la regularización de las drogas son nuestras tareas urgentes. Porque solo en paz podemos pensar de nuevo a México, porque solo la reconciliación y el verdadero cambio estructural y de sistema puede garantizar la reconciliación social y el perdón individual. Lo que México necesita es futuro.