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Meade vs. Meade

OPINIÓN

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Casi seis meses después de que se convirtió en el nuevo ungido del priísmo, José Antonio Meade ha transitado de ser un candidato con la extraña etiqueta de un ciudadano que representa al PRI, el partido menos ciudadano, a su estado más puro como un tecnócrata formado en un hogar revolucionario en el sentido de pertenencia al partido, y bajo la guía de una generación de priístas veteranos, amigos de su padre y forjados en los tiempos y las prácticas más destacadas del partido como maquinaria electoral. Este podría ser un elemento importante en la siguiente etapa de la elección. Con frecuencia se pregunta si López Obrador reconocerá su derrota en caso de que llegara a perder, pero no se plantea una interrogante igual de pertinente si se piensa en los antecedentes: ¿Cómo reaccionará Meade si se convence de que no le es posible ganar? Aquí entra en juego la doble personalidad de Meade, si nos atenemos a la historia romántica del ciudadano que representa al priísmo y al  priísta sin credencial forjado en los tiempos de la aplanadora que obtenía como estampitas del mundial de futbol victorias electorales regularmente bajo sospecha. ¿Cuál de las dos se impondrá cuando llegue el tiempo de tomar una decisión? Meade parece tener resuelto un paso elemental en esta parte de la elección para abrir paso a lo que hace unos días nuestro director, Alfredo González, describía con picardía como el delicado y vital ejercicio priísta de aceitar la maquinaria. Aceitar la maquinaria es abrir la llave de un afluente indeterminado de dinero para movilizar las gastadas y descontentas bases del partido, agrupadas en bloques controlados por organizaciones como Antorcha Campesina (cuyos líderes reconocen que cada vez les resulta más difícil convencer a sus afiliados de votar por el PRI) y otros grupos significativos de votantes en masa movilizados por la nomenclatura del partido, de manera relevante los gobernadores. Meade, quien no se asume como un político populista, deberá plantearse si de la misma manera en la que en los últimos días se la ha pasado prometiendo dinero en distintas presentaciones de populismo, no tendría inconveniente en forzar la maquinaria del partido y sobre aceitarla para desatar una tormenta de votos en el terreno frágil de una democracia donde el dinero tiene un valor supremo. La posición de Meade de restar valor a las encuestas y sostener que el único ejercicio válido es el día de la elección, es en apariencia justo y razonable. En todo caso tendría que reconocer que la democracia en el priísmo sigue pasando por el voto corporativo. De no ser así, hace rato que su campaña hubiera sido dada por muerta. Revela mucho sobre la parte dominante de la doble personalidad de Meade, el hecho singular de que el candidato que comenzó presentándose como un ciudadano, ahora dependa del populismo y el corporativismo, el cerebro y el corazón del priísmo (con su respectiva alta dosis de dinero), como sus últimas esperanzas para ganar.