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La mente de Morante

OPINIÓN

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Lo hizo una semana antes de la reaparición del artista sevillano en Jerez de la Frontera, después de nueve meses en el ostracismo. La charla no tiene desperdicio, tanto por el profundo contenido y la originalidad del entrevistado como por la cultura taurina y la visión de un entrevistador que hizo preguntas y apuntes sutiles, sin pretender robar protagonismo. Echamos en falta más entrevistas con esta miga. Es lamentable escuchar a toreros buenos con conceptos malos (o sin conceptos) cuando se les pone un micrófono enfrente y caen irremediablemente en la aridez y la necedad de los lugares comunes. El torero aparece apoyando los antebrazos sobre un antiguo escritorio que perteneció a Joselito, su referente, un torero clásico, como lo es también el poblano, sólo que aquel lidiador de la leyenda toreaba por la cara, y sobre piernas, mientras que éste lo hace con las zapatillas ancladas en la arena. Sin irse de la suerte, como en los viejos tiempos. Es por eso que José Antonio se deslinda tácitamente de aquella tauromaquia rudimentaria de hace un siglo, al señalar que la torería joselitista, y no tanto sus modos, es lo que más le ha atraído. La percha es inconfundible: mucho pelo, las patillas como hachas, convertidas en barba, que escoltan su faz; la camisa espectacularmente floreada. Pero más allá de la percha, los conceptos. Morante habla como torea, pausadamente, pensando cada palabra antes de soltarla. No hay en su discurso ningún atisbo de precipitación, ninguna idea errónea de la que pueda arrepentirse después.   Hurtado le hace notar que los cánceres por los que decidió retirarse intempestivamente –el toro gigante, los veterinarios–, no han cambiado mucho de agosto a la fecha, pero se deduce que elegirá un animal en tipo (los toreros son los que deciden qué van a torear), y no al toro que responde “a la locura de la desproporción”. Repudia ese torote no por falta de valor, sino porque enfrentar esa mole no tiene lógica. Morante, contra lo que algunos críticos irreflexivos piensan, es un torero con mucho valor y depurada técnica, amén del arte por todos apreciado. Etiquetarlo como irregular o caprichoso es inexacto. Aunque como todo estilista mayor  necesita estar de vena para fluir, es quizá el torero artista con mayor regularidad de la historia. Insiste el esteta andaluz en el asunto de la inclinación del ruedo de Madrid y me sorprende que se preocupe tanto por algo que parece fútil. El pendiente de la pendiente. Asegura que los toros se aquerencian en la parte baja de la arena, como lo hacen debajo, no en lo alto del cerro en el campo bravo. Y obsequia sentencias de oro para la reflexión: “El toro puede llegar a ser un elefante”, “El de hoy es el más bravo de la historia”, “Lo bueno se puede mejorar, pero lo clásico no se puede hacer mejor”. O esta otra: “Nunca he querido parecerme a nadie”.