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No entendemos

OPINIÓN

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Tristemente, el espectáculo taurino, al menos en México, tiende a desaparecer. Y no por culpa de los antitaurinos y políticos de ocasión. Lamentablemente, el enemigo está en casa. En busca de la comodidad, de asumir el menor riesgo posible, toreros de aquí y de allá, con la abyecta colaboración de ciertos ganaderos de bravo y empresarios carentes de ética, han moldeado un toro a modo para lucir en faenas donde el peligro inherente que conlleva la Fiesta prácticamente ha desaparecido. En las últimas semanas, la Plaza México, otrora coso titular de América, se transformó en una especie de santuario a la mansedumbre y la falta de casta y bravura. Particularmente, los toreros ultramarinos (léase Enrique Ponce y Julián López) se han decantado en los últimos 15 años, cuando menos, por ganaderías que ofrecían cierta garantía de éxito, pero cuya bravura fue menguando con el paso de los años. Se logró, entonces, un toro hecho a la medida para las figuras. Así, los toreros que mandan en los despachos de España y México (si es que en nuestro país existe alguno) han optado por escoger ganado de escasa o nula presencia, de cuya edad e integridad de astas suele que- dar duda y que, para colmo de males, no proyecta emoción alguna hacia el tendido. Después de tanto encontronazo contra la pared, los diestros consentidos de México no han terminado de entender que sus sólidas tauromaquias lucirían mucho más con ganado mejor presentado y en puntas. Hay encastes que definitivamente no quieren ni oler. La pregunta es ¿por qué en España, principalmente en las plazas de primera categoría, sí le salen al TORO? Es evidente que a América vienen a cachondearse, a ten- tar de luces, pero la situación se agrava cuando lo hacen en las plazas de mayor relevancia en un país (México) que les ha brindado todo. Hoy que reinan los “itos”, término ampliamente difundido entre los taurinos para referirse a los toros provenientes de las ganaderías de Fernando de la Mora, Teófilo Gómez y Javier Bernaldo, en la Fiesta mexicana se mastica un ambiente de desencanto propio del hartazgo. Hay una sensación de orfandad. Pensamos que con el cambio de administración, la México recuperaría su categoría. Nada más alejado de la verdad. Quienes hoy manejan el destino de la deshilachada Fiesta mexicana han solapado los caprichos de los diestros citados y de los nacionales que medianamente figuran. La Fiesta de los toros en México sufre de un mal endémico y parece encontrarse en artículo mortis. Sería injusto culpar de su decadencia a actores externos (políticos corruptos, antitaurinos y demás fauna esperpéntica). Hay que mirar hacia adentro, limpiar la casa y regresar a las bases. A falta de figuras mexicanas, se debe apostar por la presencia del toro íntegro en todos los cosos del país. Aquellos espadas hispanos que tanto daño hicieron ya van de salida. Es momento de apelar a la autocrítica desde todas las trincheras para intentar salvar un espectáculo que va en caída libre hacia el despeñadero.