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19 de febrero: Hacia un Ejército Moderno

OPINIÓN

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Este 2018, el Ejército cumple 105 años y quien escribe sumará dos humildes décadas de publicar análisis sobre las Fuerzas Armadas mexicanas. En estos 20 años se ha apreciado una transformación significativa en el Ejército Mexicano; una metamorfosis lenta, pero positiva, que lo ha llevado a convertirse en un componente mucho más sustancial del escenario nacional y también –algo inconcebible hace 20 años– del internacional. El cambio más importante no ha sido en su despliegue o armamento, sino más profundo, pues tiene que ver con la evolución de la visión y mentalidad de sus integrantes. Si bien es una transformación que se desarrolla dentro del Ejército, dicha modernización debe de extenderse también a los sectores civiles y políticos con que se relaciona, pues es la combinación de los tres lo que formula la defensa de una nación moderna. Dentro de esos cambios se ha incluido la incorporación de la mujer a la profesión militar, múltiples avaneces en el sistema de educación militar, una re-conceptualización de la cooperación internacional y el establecimiento –de la mano con el sector público– de un sistema de becas educativas para los hijos de sus integrantes. Esta última prestación en particular convierte a la profesión militar en un elevador social para la familia militar mexicana. Pero aun cuando hay múltiples cambios positivos, falta mucho por mejorar. El Ejército enfrentará grandes retos si quiere continuar transformándose en lo que deberá ser una fuerza moderna y eficiente que proteja a lo que será la séptima economía mundial hacia el 2030. No va a ser una tarea fácil, dado que deberá aprender a correr antes que caminar en varias dimensiones; aquí algunos de ellos: Balance de las relaciones horizontales y verticales: El Ejército moderno debe tener muy clara la diferencia entre relaciones civiles-militares (horizontales) y político-militares (verticales). Para ello parafraseo al profesor Guillermo Pacheco Gaitán: "La relación civil-militar es una dimensión horizontal que no tiene implícitas relaciones de poder, sino de protección y conocimiento, lo que a su vez genera confianza y con ello un fuerte vínculo entre sociedad y ejército". El fin último de un ejército debe ser la protección de los sectores más vulnerables de la población por encima de una relación de poder. La relación político-militar en cambio es una relación vertical, una de poder en la que los militares se subordinan al poder político, en quien depositan la conducción de la política de defensa. El nivel de participación militar en la conducción de esa política se define como el punto crítico de esa relación, según Pacheco. En el caso de México, si bien el Ejército está subordinado a la clase política, ésta tiene una muy baja participación en la conducción de dicha política, por lo que el punto crítico es alto en favor de los militares, que tienen un papel protagónico en la política de defensa, en vez de un papel de asesoría. Hay que aclarar que un país no va a ser ni menos ni más democrático porque el punto sea alto, lo que nos dice es que en el caso de México hay poca capacidad o intención de conducción por el sector político y muy probablemente por ello haya una relación civil-militar (horizontal) tan positiva. Por lo tanto, un Ejército moderno debe encontrar el balance ideal en ambas relaciones de acuerdo a su propia circunstancia. Transparencia y rendición de cuentas: El Ejército está en un proceso de apertura que le demanda adaptarse a un nivel de transparencia que a veces parece incómodo para sus integrantes, en especial cuando se trata de carencias, errores o abusos. Esta resistencia emana del tratamiento negativo (también politizado) de algunos medios de comunicación amarillistas que pueden, en el imaginario militar, generar una pérdida de prestigio para la institución– pues rara vez sus logros y aciertos reciben atención pública. Sin embargo, esta “incómoda” transparencia es necesaria para que sea eficiente. El Ejército debe hacer públicos sus gastos y ahorros, su estado de fuerza, así como las decisiones de adquirir un equipo o tecnología por encima de otro. Adoptar nuevas dimensiones: El Ejército moderno tiene que estar listo para operar en todo tipo de terreno y circunstancia. Absorber modelos modernos como la guerra hibrida, anti-acceso y negación a espacios (A2/AD) y el desarrollo de capacidades cibernéticas con fines militares, más allá de la seguridad informática. El ejército moderno debe desplegar unidades con otras fuerzas armadas aliadas en el exterior, aprendiendo y contribuyendo a la seguridad internacional y con ello materializando la política exterior mexicana. Despliegue y retorno sobre inversión –El Ejército moderno, ni el del futuro, están guardados en sus cuarteles haciendo ejercicio y practicando para el desfile del 16 de septiembre. El Ejército es un bien público y por lo tanto debe ser empleado para el bien del público, por lo tanto debe estar desplegado a lo largo y ancho del territorio nacional –y más allá– con muy distintos niveles de visibilidad de acuerdo a la circunstancia. Desde operaciones de alto impacto "quirúrgicas" para neutralizar amenazas a la población, hasta promoviendo el diseño y desarrollo de avances médicos y tecnológicos, en sectores como robótica, inteligencia artificial y energías alternativas por hacer algunas menciones. Finalmente, el debate sobre si utilizar a las fuerzas armadas en funciones de seguridad pública es obsoleto; estamos perdidos en discutir un concepto que ha sido rebasado por la necesidad. La discusión debe ser sobre el “cómo” el Ejército debe apoyar la seguridad pública, para de esta manera reorientar y profesionalizar a las unidades encargadas de ello. El 19 de febrero fue el Día del Ejército: a sus miembros muchas felicidades y gracias por su servicio a nuestra patria.