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OPINIÓN

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Cada uno de los tres candidatos principales tiene su pecado original: la contradicción que tiene que sobrellevar antes de que se merezcan nuestro voto. El pecado original del candidato del PRI Verde es que no se ha deslindado convincentemente de la kleptocracia que lo postula. En un artículo reciente, Jorge Volpi señala que hay una contradicción imposible de resolver en la candidatura de José Antonio Meade. Se trata de “discordancia cognitiva” que genera la imagen de un candidato profesional e impoluto y un partido irredimiblemente corrupto. Bajo este orden de ideas, Meade tiene que jugar uno de dos papeles: o el del cínico que asume el manto del PRI con tal de obtener el poder, y el del naïf que no ve lo que para todos los mexicanos es evidente. La historia nos muestra que es un gran riesgo, pero sin pronunciar un discurso como el de Luis Donaldo Colosio en el Monumento a la Revolución en 1994, es difícil que sea una opción viable para México. El pecado original del candidato del PAN-PRD-MC, Ricardo Anaya, es que pareciera que su único planteamiento es que no es el PRI y no es AMLO. Esta falta de fundamento acentúa su imagen física de niño que muchos panistas perciben como perverso por la manera en que se apoderó de su partido con tal de lograr la candidatura. Si no logra comunicar una visión auténticamente heroica, algo que justifique las traiciones partidistas que cometió en su camino a la boleta, no va a ser una opción fuerte para México. Anaya es inteligente y capaz, pero no ha sido capaz de hacer lo que hace un líder: escuchar a la sociedad y, desde ahí, articular una visión de Estado que justifique su victoria. El pecado original del candidato de MORENA-PT-PES es que su proyección es unipersonal y sus propuestas parecen ocurrencias. Si no logra ser contundente en su rechazo a regímenes despreciables de una izquierda autoritaria, estúpida, resentida, kleptocrata (y cruel), el discurso de “un peligro para México” seguirá sonando vigente. Que quede claro: los mexicanos no queremos ser ni Cuba, ni Venezuela, ni Bolivia, ni Rusia. Tampoco queremos regresar al echeverrismo. No nos interesa ni las luchas de clases, ni el racismo que discrimine a blancos, morenos, negros o asiáticos: todos caben en nuestro México. Queremos tener un país pluriétnico y diverso, con libertades personales y un estado de derecho. Del gobierno, queremos eficacia y eficiencia: servidores públicos capaces, profesionales, bien remunerados, y honestos. Queremos programas sociales que empoderen a la sociedad, no que la esclavicen en un eterno clientelismo. Diga esto de una vez por todas, Lic. López Obrador, y se merecerá nuestro voto. Si un candidato independiente como Armando Ríos Piter (que es el que menos ataduras tiene) lograra aliarse con la parte sensata y comprometida de la sociedad civil, se podrá ver en México el fenómeno Macron. Por el momento, no veo a las ONG y las empresas con ese nivel de empeño, pero se vale soñar. Estamos a tiempo, señores, y ahora es cuando. ¿Quién se atreve? POR AGUSTÍN BARRIOS *Presidente de la Fundación Imagen de México, y conductor de ADN40 News.