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Los Pinos, el morbo

Los Pinos fue más que escenario de lujos y excesos a cargo del erario

OPINIÓN

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No tengo duda alguna de que el morbo es el principal motivo para hacer el recorrido público por la ex Residencia Oficial de Los Pinos, hoy convertida en centro cultural. Y eso me preocupa. Los Pinos fue más que escenario de lujos y excesos a cargo del erario. Ahí ocurrieron acontecimientos y decisiones que marcaron la historia del país. Me pregunto qué tan ideologizadas serán las guías a los visitantes. Seguramente les contarán por qué se le conoció como el Molino del Rey, allá por el siglo XVI. Inevitable será explicar que fue el General Lázaro Cárdenas del Río, uno de los próceres que en el escudo del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, quien decidió vivir ahí en lugar del Castillo de Chapultepec. ¿Incluirá la descripción que en esos suntuosos jardines pasó su primera infancia el hoy ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas? En Los Pinos seguramente se definió la postura y participación de México en la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, también se discutió la posición de México frente a los bombardeos atómicos norteamericanos contra Japón y los horrores del nazismo. Por supuesto, que ahí se decidió que México nunca más tendría un presidente militar. También se habrá deliberado y ordenado qué hacer frente a las ideologías y sistemas económicos que polarizaron al mundo: el capitalismo y el comunismo. Desde ahí se observó con atención -hasta con miedo- la expansión de comunismo por el planeta y la posible contaminación a México. Desde Los Pinos se ordenó implacable vigilancia a políticos, estudiantes, escritores y artistas proclives al comunismo. Las obras e ideas de Siqueiros, Orozco, Rivera y Frida fueron discutidas y analizadas, satanizadas y sacralizadas ahí. En la residencia oficial se tejió la siempre complicada relación con Estados Unidos. La postura mexicana ante la Revolución Cubana, la Guerra Civil Española con todo y sus refugiados; las múltiples guerras intestinas, golpes y dictaduras militares latinoamericanas. El asesinato de John F. Kennedy y su conexión mexicana. Ahí se sintió y se toleró la siempre vigilante mirada de la ex Unión Soviética. También se observó la Guerra Fría y la carrera armamentista. La Guerra de Vietnam, la división de las Coreas, el escándalo Watergate que tiró a Richard Nixon. La matanza de Tlatelolco, en 1968, sin duda sacudió los muros de Los Pinos. El fin de la prosperidad nacional, el inicio de las devaluaciones y las crisis económicas, los resquebrajó. Seguramente, las inflaciones de tres dígitos en los años 80, los planes de choque, la deuda externa y la amenaza de moratoria provocaron muchas pesadillas e insomnios en Los Pinos. Luego vino el TLC, el levantamiento del EZLN. PAN ganó la Presidencia y el surgimiento de López Obrador. Todo eso pasó por Los Pinos. ¿Será que ahora a sus visitantes sólo les hablarán de cuántos pares de zapatos, vestidos de gala, abrigos, trajes, camisas y corbatas había en el vestidor del Presidente? ¿Cuánta comida contenía la alacena? ¿Cuántas personas asistían a los banquetes y el precio de las botellas de vino que servían? ¿Cuántos empleados atendían a la familia presidencial? ¿Se hablará sólo de una ostentación y excesos dignos de la Rusia zarista?  

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