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El dragón ante el desierto

Xi promueve intereses políticos en la región, con herramientas económicas y mediante un apoyo gradual a Rusia

OPINIÓN

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A finales de los 90, era común en Damasco escuchar que ningún país podría reemplazar a EU como la potencia hegemónica en Medio Oriente, ni siquiera Rusia. Les parecía un escenario poco plausible, lejano. Con todo, a inicios del nuevo milenio, China se volvió un modelo atractivo, en el marco del desgaste del autoritarismo árabe. Se quería emular –sin éxito– un crecimiento económico de largo plazo sin afectar la cohesión social y manteniendo el poder del Partido. China destacaba por su mínima presencia militar y su rechazo tanto a intervenir en la política interna de otros Estados, como de condicionar la firma de acuerdos al respeto de los derechos humanos. Hace unos días se cumplieron 40 años de las reformas de Deng Xiaoping. Aquellos cambios sentaron las bases para el espectacular vuelco de la nación, que pasó de una economía depauperada a convertirse en potencia mundial. Con las conmemoraciones este año, se anunció una nueva era en la que, según denuncian sus críticos, Xi Jinping ha desmantelado buena parte del legado de Deng en política interna y exterior. La política china reciente hacia Medio Oriente y el mundo árabe revela algunos ajustes en la continuidad. En julio de 2018, el presidente chino, Xi Jinping, visitó Emiratos Árabes Unidos, su segundo viaje a Medio Oriente (en 2016 a Arabia Saudita, Irán y Egipto). Emiratos es ya el mayor socio comercial de China después de Arabia. La visita de Xi (la primera de un líder chino en tres décadas) sucedió después de la 7ª reunión ministerial del Foro de Cooperación China-Países Árabes en Beijing (bienal). En el foro, China anunció paquetes de préstamos, fondos de ayuda y desarrollo por 23 mil millones de dólares. Con ello se asocia la estabilidad en esa región con las ambiciones de la Belt and Road Initiative (BRI), un conjunto de programas de infraestructura y comercio marítimo y terrestre, destinado a vincular a China con Eurasia y África. Es un hecho que la diplomacia con Xi promueve intereses políticos en la región, con herramientas económicas y mediante un apoyo gradual a Rusia. Además, en el tema del contraterrorismo, las autoridades chinas se preocupan por los uigures que residen predominantemente en la región occidental de Xinjiang. Por último, Beijing instaló una base naval en Djibuti –localizado estratégicamente en Bab el Mandeb donde el Mar Rojo se encuentra con el Golfo de Adén– y sus buques de guerra han fondeado en puertos de la región. De lado de los árabes, la polarización política en Estados Unidos hace de este país un socio veleidoso en el que poco se puede confiar. Quizá todo esto presagia un papel más activo para China. Sin embargo, como en tiempos de Deng, los chinos siguen concentrados en relaciones mercantiles y oportunistas, como lo muestran los discursos de Xi; a la vez, mantienen discreción frente a las principales zonas de conflicto en Medio Oriente. La continuidad también es notable en las expectativas de los actores locales. En 2018, ningún país árabe esperaba que China fuera fuente de seguridad; han preferido volver la mirada a Rusia o defender por sí mismos su propia visión de la seguridad regional. Los nuevos puertos, “hubs logísticos” y zonas económicas que se están construyendo no superarán las deudas estratosféricas, como sucede con los Estados clientes de China en África y a expensas de las necesidades de las poblaciones locales.  

*Investigadora de El Colmex