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La tentación totalitaria

Sin embargo, existen hoy por hoy muchos desorientados que andan pidiendo, incluso, legalizar la supresión del otro

OPINIÓN

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Se le llama de muchas formas: fascismo, individualismo, egocentrismo, xenofobia, chauvinismo, pensamiento único, reduccionismo, dictadura, autoritarismo, obviamente totalitarismo… Va de la estructura política a la vida íntima; de lo social a lo interpersonal. Son diferentes rostros de la misma terca falla: la supresión del otro. El búlgaro Ilija Trojanow (1965) explica esta técnica del ninguneo, de la que hemos hecho una constante en nuestros días, en El hombre superfluo (Barcelona, 2018). Se trata de eliminar cualquier tipo de empatía con el otro como elección del mejor camino para “ser felices”. Stalin solía decir algo que está grabado en el corazón de todos los totalitarismos políticos y que se refleja en la tentación que aqueja a muchas personas que nada tienen que ver con la política: “Sin gente no hay problema”. En efecto: sin el otro en el horizonte cercano, nuestra vida -de nuevo nos lo prometen el entramado publicitario y la oferta de cursos, programas, seminarios y cápsulas de “autoestima”- sería más sabrosa. Nada que me interpele, nada que me saque de la zona de confort donde yo-me-mimo. La reflexión de Trojanow tiene por epígrafe la frase de Stalin. Hubo, por aquí, un secretario de Estado que dijo algo similar; de broma pero en serio: “El sistema está bien; funciona. El problema es que le sobran veinte millones de pobres”. Y de ahí a concluir que para acabar con la pobreza, el mejor método -el único realmente efectivo- es acabar con los pobres, hay un paso, una delgada línea roja de cinismo que, por infortunio, practican nuestros gestores políticos con olímpica presteza. Cuando se suprime al otro, cuando se cae en la tentación de Caín, el resultado es la locura. No man is an Island (Ningún hombre es una isla), escribió el poeta metafísico inglés John Donne (1572-1631) en su célebre texto, aquél en que reflexiona sobre el acontecimiento fundamental de la existencia humana: que yo soy también un pedacito del otro y lo que a él le suceda me sucede a mí. Por lo demás, basta escuchar o ver una ristra de anuncios comerciales de autos, golosinas, perfumes o viajes, para entender que el caramelo del solipsismo rige la vida contemporánea: tú eres una isla, fortifícate, encónchate, resiste y si puedes, haz del otro un objeto de uso. Es decir, hazlo superfluo. Las cuatro preguntas que responde Trojanow (las mismas de Chesterton cuando inquirió a los abortistas de su época sobre cómo sabían ellos que no eran de los que “sobraban” en el mundo) resuenan con fuerza: “¿Es usted superfluo? ¿Y sus hijos? ¿Y sus parientes, amigos? ¿Quién puede sentirse así?”. Nadie. “A lo sumo en días muy malos”, dice Trojanow. Sin embargo existen muchos desorientados que andan pidiendo, incluso, legalizar la supresión del otro; hombres y mujeres que harían lo que fuera para no tener que enfrentar la “peligrosa necesidad de contar con los demás” para llevar una buena y feliz existencia. Seguro en sus días y sus noches “están más solos que la una”. Aunque propalen, gustosamente, lo contrario.    

JAIME SEPTIE?N PERIODISTA CATO?LICO