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El mundo según Bolsonaro, Lieberman y Trump

Sus retóricas sugieren capacidades de superhéroes, en realidad son simplistas

OPINIÓN

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El 15 de noviembre, el ultraconservador ministro de defensa israelí Avigdor Lieberman (partido Yisrael Beitenu) renunció a su cargo, poniendo en serias dificultades a la coalición gobernante encabezada por el primer ministro Benjamin Netanyahu (partido Likud). Esto ocurrió una semana después de un violento choque entre el ejército israelí y Hamás en Gaza, y un alto el fuego posterior, denunciado como “rendición al terrorismo” por Lieberman. Éste cuestionó también que Netanyahu autorizase a Qatar a distribuir en Gaza 15 millones de dólares para el pago de salarios atrasados a decenas de miles de funcionarios palestinos de la administración de Hamás. En medio de las diversas presiones sociales y políticas en rechazo de su política de apaciguamiento, Netanyahu se negó a celebrar elecciones anticipadas y decidió ocupar provisionalmente el cargo que Lieberman dejó vacante. Además, habló sobre la inutilidad de la guerra. Ciertamente, esta cautela no contradice ni la trayectoria de Netanyahu rechazo al nacionalismo palestino, ni su afán por mermar las instituciones y la convivencia social en Israel. Pero dado que desde mayo se ha empañado su imagen internacional por la muerte de decenas de palestinos de Gaza ultimados a tiros por el ejército israelí, era necesaria la política de negociación directa con Hamás para reducir la presión sobre Gaza. Negociar ceses al fuego, sin embargo, no evita las escaramuzas violentas, pues los gazauís viven una situación humanitaria insoportable a la que las políticas israelíes contribuyen cotidianamente. Esos choques a su vez debilitan a Netanyahu frente a sus competidores de la extrema derecha y dan rienda suelta a personajes como Lieberman, quien, como otros ministros de la coalición gobernante, atribuye el caos en Gaza a Hamás y defiende a la violencia como principal instrumento para terminar con él (y con la resistencia palestina). A la incertidumbre política en Israel, se suma el anuncio cada vez más inminente del “plan del siglo” que desde hace 18 meses prepara una delegación presidida por Jared Kushner. El gobierno de Trump insiste en que su plan será “justo con los palestinos” (aunque no les ha consultado). La cuestión es que, si en efecto incluye serias concesiones israelíes, podría crear un dilema para muchos en la comunidad evangélica estadounidense. Más de 75% de los cristianos evangélicos votaron por Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016, y representan cerca de 25% de la población total de Estados Unidos. En el pasado, algunos líderes evangélicos se opusieron a los intentos de promover una solución de dos estados. En Latinoamérica, el país sudamericano de mayor peso, Brasil, está por mover su embajada de Tel Aviv a Jerusalén; fue uno de los primeros anuncios del presidente electo, Jair Bolsonaro. Brasil tiene la segunda población evangélica del mundo (después de la estadounidense), y desempeña un papel importante en la profundización de vínculos entre políticos y empresarios nacionales con los israelíes. Un fenómeno similar se observa en varios países centroamericanos. Para la mayoría evangelista latinoamericana, como para la estadounidense, Jerusalén debe ser la capital indivisible de Israel. Desde la perspectiva de sus líderes, es dejar tácita y arbitrariamente sin curso ni resolución el conflicto, y esperar que los palestinos se cansen. Además, Israel les sirve para ganarse los favores de Washington. Mientras que la retórica y decisiones de Trump, Lieberman y Bolsonaro pudieran sugerir capacidades de superhéroes, en realidad son de un peligroso simplismo. Justifican alianzas y agendas de seguridad cortoplacistas y mezquinas. La instrumentalización que hacen de la religión, la identidad y el nacionalismo anula al derecho internacional y reemplaza una lectura informada de las raíces estructurales de problemas nacionales y mundiales, como el palestino.