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El invitado incómodo

La visita de Maduro se produce entre mayores presiones por parte de sus vecinos: Brasil y Colombia

OPINIÓN

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La anunciada asistencia de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela a la toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador es uno de esos hechos que crea más problemas al anfitrión que al invitado. La presencia de Maduro es como la de esas tías locas a las que es imposible dejar de invitar a la boda, pero con el ferviente y callado deseo de que no llegue. Marcelo Ebrard, el próximo secretario de Relaciones Exteriores, ha señalado una y otra vez que se invitó a prácticamente todos los jefes de Estado y de gobierno de los países con los que México sostiene relaciones y Venezuela es uno de ellos. En ese sentido, por cortesía diplomática, la confirmación de asistencia del Jefe de Estado de una de esas naciones no tiene necesariamente mayor mensaje político y no puede evitarse a riesgo de insulto. Justa o injustamente podría hacerse la comparación con la invitación a los candidatos presidenciales estadounidenses en 2016: uno aceptó y vino, la otra no. La imagen del gobierno de Peña Nieto quedó más golpeada. En el caso de Maduro y su visita a México, existe una razón política que tiene que ver más con la romántica noción de revivir la doctrina de la no-intervención que plantea López Obrador como eje de una resucitada política exterior de México. La primera prueba de ese giro político sería la inauguración del nuevo gobierno. La visita de Maduro se produce cuando enfrenta la posibilidad de mayores presiones por parte de sus vecinos, especialmente Brasil y Colombia, afectados por el éxodo de venezolanos que huyen de la crisis económico-social que se atribuye a su régimen. Y ciertamente, Maduro viajaría a donde fuera para tratar de establecer vínculos que den respiro a su gobierno. Para algunos en México la invitación a Maduro sería representativa de presuntas tendencias del nuevo gobierno. Pero aunque sea políticamente cómodo no es justo. El gobierno de López Obrador está apenas por comenzar y a pesar de algunos tumbos no parece deseoso de seguir el ejemplo de un régimen que combinó declaradas buenas intenciones y manifiesta ineptitud para poner a su país en una crisis social y económica de proporciones desastrosas. Para el nuevo gobierno mexicano, el simbolismo de la presencia de Maduro no es afortunado, pese a que al mismo tiempo es tanto una expresión de independencia, como señal de un deseado retorno a lo que se recuerdan como "la época de oro de la diplomacia mexicana". La idea lopezobradorista sería colocar a México como un interlocutor fiable, un puente de comunicación, en un continente donde hay toda una panoplia de gobiernos, incluso "democracias autoritarias" de izquierda y de derecha. Pero el mundo, y el continente americano, no son los mismos que hace medio siglo o 10 años; la situación de México no es igual. Si acaso, como señaló mi colega Armando Guzmán, las más de cien personas que integrarán la delegación que acompañará al vicepresidente Mike Pence, serán un recordatorio del real juego de intereses.

jose.carreno@heraldodemexico.com.mx

@carrenojose1