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Adriana Delgado Ruiz: ¿Quieres un churrito?

OPINIÓN

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Queda claro: las muertes por la marihuana y, hay que apuntarlo, muchas otras drogas, tienen que ver más con la violencia que con su consumo. Desde diciembre de 2006, cuando inició la llamada “Guerra contra el narco”, los homicidios ya son más de 250 mil, entre los que se cuentan, por lo menos, 42 mil jóvenes de 20 a 24 años. De todas maneras, de acuerdo con el informe Operaciones contra el Narcotráfico, de la Sedena, de enero a septiembre de este año únicamente se han asegurado 139.5 toneladas de marihuana. Si bien faltan las que se logre decomisar en los últimos tres meses, la tendencia va muy a la baja, considerando que en 2015 se confiscaron mil 116.9 toneladas. ¿Por qué este dato es relevante al abordar la iniciativa para despenalizarla? El especialista en temas de seguridad, Alejandro Hope, nos da algunas pistas. En Washington y Colorado la tasa de homicidios en 2013 fue de 2.3 y 3.4 por cada 100 mil habitantes, respectivamente. Tras la despenalización de la hierba, en 2017, la tasa de ambos estados subió a 3.1 y 3.9. Es decir, no es de esperarse que en automático baje la violencia, sino que, incluso, puede ser al contrario. ¿Y en términos de salud? El tabaco mata a 43 mil mexicanos cada año. El humo de un cigarro contiene, por lo menos, 69 sustancias cancerígenas, y estamos hablando de una droga legal. 24 mil mexicanos mueren en accidentes automovilísticos relacionados con el alcohol, y a ellos hay que agregar los 14 mil que pierden la vida a causa de enfermedades del hígado, producto de esa adicción. En ambos casos conocemos el tamaño y dimensión del problema y es posible diseñar políticas públicas para enfrentarlo en sus distintos ángulos. En cambio, dado que es ilegal, no hay cifras claras ni confiables sobre la adicción a la marihuana y ese es un gran problema. Aun así, estudios científicos avalados por la propia DEA estadounidense documentan que 68 por ciento de los consumidores de tabaco desarrollan algún nivel de dependencia, el 23 por ciento de quienes beben alcohol, y únicamente el 9 por ciento de quienes fuman marihuana. La discusión es un asunto de conciencia. Así, prohibida como está ahora, la cannabis es utilizada como una droga de inducción a ese mundo subrepticio. La iniciativa presentada por la senadora y próxima secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, incluye mecanismos de información y prevención, además de controles que permiten la regulación desde la semilla hasta la comercialización que hoy no existen y por lo tanto generan todavía más incertidumbre sobre la cantidad de sustancias extras y dañinas que pueden agregarle en el mercado negro. Los mayores problemas que enfrenta la iniciativa a la hora de la realidad son nuestras deficiencias sociales como nación. No tenemos un respeto generalizado por las reglas y la autoridad, carecemos de un Estado de Derecho sólido y de condiciones para un desarrollo económico robusto, lo que es un caldo de cultivo para la delincuencia y la adopción de la vía fácil, abusiva y ventajosa. En una cultura de legalidad como la canadiense, abrir el mercado de la marihuana no implica mayor problema. Pero seamos objetivos. ¿Tenemos la madurez como sociedad para que la marihuana no nos vuelva locos, la consumamos o no?  

Adriana Delgado Ruíz, Colaboradora