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Holocausto se escribe con mayúscula

OPINIÓN

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El Holocausto judío sabíamos lo mismo que todos: datos históricos, cifras, anécdotas. Igual que la mayoría, creíamos saber al menos lo básico: documentales, libros, películas, artículos, y un largo y mórbido etcétera a lo largo de nuestras vidas. Tanta información hemos recibido al respecto, que cuando llegamos a Auschwitz nos sentíamos seguros de lo que encontraríamos. Es decir: a nivel racional sabíamos que, en realidad, de estas cosas nunca se sabe nada. Ni siquiera los que murieron ahí pudieron saberlo todo: el que murió de disentería no supo cómo era morir en una cámara de gas; el que murió en una cámara de gas no supo cómo era morir como conejillo de indias en algún experimento nazi. Un sólo testimonio es capaz de poner la piel chinita a cualquiera, pero nadie es capaz de digerir los millones de testimonios de quienes murieron, sobrevivieron, fueron torturados, perdieron a su familia y fueron desterrados. Quizá sea la incapacidad de comprender los verdaderos alcances del odio lo que hace de un Holocausto algo tan terrible. Cruzamos la reja de entrada con la famosa frase “Arbeit macht frei” (“El trabajo os hará libres”). Caminamos por las vías del tren de antaño, que llevaba vagones atestados de mercancía humana (viva o muerta, fresca o putrefacta). Entramos a las barracas: literas apelmazadas, en cada una de las cuales dormían hasta 10 personas apretujadas, casi todas con sarna, tuberculosis o disentería. En las paredes de las cámaras de gas hay arañazos, y ni siquiera estos nos permitieron dimensionar la desesperación de morir por asfixia. Antes de entrar a un cuarto en el que no se podía hablar ni tomar fotografías, nuestra guía nos contó que los nazis no tuvieron tiempo de deshacerse de toda la evidencia de sus crímenes. En la habitación había una montaña cuya forma se reveló hasta que estábamos demasiado cerca: millones de cabellos de cabezas canas, coloridas, lacias o chinas; pelo salvajemente arrancado de nucas anónimas. Pelo procesado para fabricar uniformes militares resistentes. El pelo de nuestras nucas se erizó: el odio es abyecto como una nauseabunda montaña de restos biológicos. Auschwitz es un sitio turístico. La comunidad judía mantiene viva la cicatriz de esta masacre por una razón importante: el mundo no debe olvidar lo que el odio hace. La memoria es lo único sagrado y no debe dejarse escapar, como ya ha sucedido con lo ocurrido a gitanos, a tutsis o a armenios. Auschwitz es también recordatorio de que el odio no se ha evaporado del mundo: los feminicidios en México y Latinoamérica, y la crisis en Siria, son otros genocidios, ecos de ese odio que todavía no curamos. Sin embargo, Holocausto se escribe con mayúscula, y genocidio con minúscula. ¿Cuántos cadáveres faltan para que por fin pertenezcan exclusivamente al pasado?