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El costo de ignorar el mundo

OPINIÓN

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Cuenta la leyenda que en mayo de 1453, mientras los ejércitos otomanos del sultán Mehmed II asaltaban las murallas de Constantinopla, capital del entonces desaparecido Imperio Romano de Oriente, los políticos y los académicos estaban empeñados en discusiones sobre el sexo de los ángeles o cuántos serafines cabrían en una cabeza de alfiler. La versión es obviamente un mito, pero el punto es importante: implica la indiferencia de ciertas sociedades o actores políticos a realidades y situaciones. Aún en esos tiempos ningún país podía considerarse como una isla, fuera de las corrientes históricas. Para los historiadores, la caída de Constantinopla, hoy Estambul, marcó formalmente el final de la Edad Media y el punto en que el expansionista Imperio Otomano se convirtió en una amenaza máxima para las naciones europeas. Y aunque turcos y europeos del este ya estaban en conflicto, a partir de ese momento "El Gran Turco" se convirtió en la pesadilla musulmana de la época. Pero, sobre todo, en el "tapón" para el comercio entre Europa y extremo oriente, en especial la India y China. El obstáculo representado por los otomanos y sus avances sobre la región mediterránea se convirtió en un factor geopolítico mayor para impulsar, entre otras cosas, la búsqueda de nuevas rutas comerciales hacia las islas de las especias y el punto de origen de la seda: la era de los descubrimientos geográficos, encabezada por portugueses y castellanos había nacido. La conquista de América le siguió en pocos años, y luego el Renacimiento. Los otomanos se convirtieron en factor político importante durante los siguientes 500 años, en parte por su posición a la entrada del Asia o de Europa, según el punto de vista, y porque a diferencia de sus distantes ancestros mongoles no se caracterizaron por facilitar el comercio. Después de todo, sus problemas internos y sus necesidades religiosas concentraban sus intereses. De igual manera que los habitantes de la vieja Constantinopla, los de Estambul perdieron el tren de la historia, y si aquellos cayeron por conquista, los segundos se agostaron y se agotaron hasta que Gran Bretaña y Francia se repartieron el cascarón que quedaba al final de la Primera Guerra Mundial. Y esos otros imperios, el británico y el francés, se disminuyeron también, debido a sus problemas internos. Estados Unidos parece inmerso en batallas político-ideológicas, que a veces parecen más cuestiones filosóficas que problemas reales. Cierto, son importantes para ellos. Pero el problema es que, en su concentración, parecen alejarse y hasta tratar de ausentarse del sistema legal e internacional que construyeron en los últimos 75 años. Nadie espera un retiro total. Los costos serían demasiado altos y Estados Unidos tiene demasiados intereses en juego con la globalidad como para dejarla. Pero ahora tratan de jugar con sus componentes con un aprendiz de brujo como director.