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Un pequeño monstruo belga

OPINIÓN

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Jamás entenderemos los mecanismos que definen los monumentos memorables de una ciudad. Eso pensamos (aunque con más palabrotas), mientras tratábamos de escapar a codazos de la marabunta apretujada frente al Manneken Pis: la famosísima y pinchurrienta estatuilla del niño meón de Bruselas. La verdad es que llegamos a él por inercia; es difícil no caer una y otra vez en la atracción turística más importante de la capital belga: todos los caminos llevan a él. Esta vez, llevaba puesto un pequeñísimo uniforme del Barcelona, pero el guardarropa del pequeño, que debe ser más grande que el de Anna Wintour, incluye uniformes de bombero y disfraces de pitufo, e incluso un afelpado trajecito de Santa Claus para la temporada navideña. Puedes asomarte a su guardarropa y conocer más de las historias que rodean a la absurda figurilla en su museo personal, aunque si esto no es suficiente para satisfacer tu obsesión por él, puedes comprar cualquiera de los cientos de souvenirs diseñados a su semejanza: chocolates, imanes con sus disfraces más cursis y hasta destapacorchos tan vulgares que sonrojarían a tu madre. Hartos de tanta faramalla forzada en menuda figurilla, fuimos por un trago del verdadero monumento local: la cerveza Delirium (la del elefantito ebrio). Bueno, un trago es un decir: acá las cervezas van por degustación de seis, así que hubo que bajar la borrachera con otros monumentos belgas: una cubeta rebosante de mejillones frescos acompañados por una montaña de papas a la francesa, antes de un waffle (perdón: acá les dicen “gofras”). Pasó un buen rato antes de que el mal del puerco nos dejara ir. En cuanto se nos destapó el cerebro de grasa y alcohol, recordamos que aún nos faltaba visitar otro gran monumento, que en realidad era la razón principal de nuestro viaje a Bruselas: el legado arquitectónico de Víctor Horta. Rodamos por las calles en busca de las casonas nouveau que salpican la ciudad, pero la información era muy poca, y cuando preguntábamos, la gente no parecía entender de qué hablaban este par de turistas sudados, con aliento a mejillón y chela. Tras muchas vueltas (en las que, por supuesto, nos topamos otra vez con la estatuilla caguengue), dimos con la casa Tassel, que podía visitarse solamente con cita previa. Enjuagamos nuestra pena con otra cerveza, nos quitamos la amargura con otra dulce gofra y caminamos hacia nuestro hospedaje. En el camino, volvimos a pasar por ese imán maligno llamado Manneken Pis. Parecía sonreír. Parecía saberse el ganador en la batalla de los monumentos. Parecía mearse sobre nuestro intento de explorar la ciudad fuera del mainstream. Nosotros no parábamos de preguntarnos por qué en medio de un mar de cerveza, mejillones, gofras, casonas nouveau y plazas admiradas por Víctor Hugo, es esa chatarra el actor principal.