Haz tu denuncia aquí

De lo que ellas son capaces

OPINIÓN

·
Este país misógino y machista, hoy aplaude a las mujeres. Implacables como son, le hicieron frente a la desgracia, a la tragedia de miles, al horror de todos. Venían haciéndolo desde antes, mucho antes, cuando la desdicha para ellas no era un terremoto sino desigualdad y pobreza y analfabetismo y también injusticia; cuando el horror ya era –desde hacía mucho– el futuro incierto para ellas y para los suyos. Hembras, progenitoras, protectoras, feroces. Salieron junto con todos los demás, y antes que nadie; antes que los gobernantes y los expertos; antes que las fuerzas militarizadas. Se partieron las manos antes que los otros se sobrepusieran a la parálisis que vino con el ramalazo de la naturaleza. En todas partes: en las escuelas y en las casas, en las calles por las que corría el desastre, llorando con los que lloraban y levantando escombros con esos picos y esas palas que todo el mundo pedía a gritos, porque en esta nación que se sacude, parece que ninguno de los que hemos elegido para estar al frente de las instituciones, había pensado ni en picos ni en palas. Ni en eso ni en nada. Tampoco en la tecnología que sería necesaria cuando la tierra volviera a temblar, porque eso sí lo sabíamos: iba a pasar. No sabíamos cuándo, pero iba a pasar. Fue hermoso ver ese caos organizado en el que la sociedad sabía antes que nadie lo que hacía falta y lo conseguía. Agua aquí, medicamentos allá. Comida en todas partes, vigas de metal en tal lugar, una ambulancia más allá. Sierras, sogas, gatos hidráulicos. Qué vergüenza, cada cosa salió de las manos de la sociedad porque los que debían tener todo preparado, no tenían nada. Primero en Chiapas y Oaxaca, después en el centro del país, ellas, las ejecutivas y las obreras, las señoras de su casa y las putas, las que mueren de amor por los niños y a las que los niños las ponen nerviosas, las neófitas y las eruditas… arremetieron con sus manos entre la vida derrumbada de los demás para sacar más vida, las uniformadas y las civiles; salieron como nadie. Todas. Ellas, las 'débiles', hicieron lo que supieron, lo que sintieron que había que hacer. Se pararon frente a las montañas de concreto colapsado y como hormigas menguaron el espanto. Manos. Cadenas humanas. Cubetas vacías y cubetas llenas de cemento y de pavor. Máquinas de sangre. Como si hasta ahora descubriéramos de lo que son capaces. Altavoz en mano gritaron “te voy a sacar, hermano mío, te amo”, “aquí estoy, mamá, no me voy a ir, aquí estamos todos, resiste”. No tienen superpoderes, porque nadie los tiene. ¿O sí? Ellas están ahí con sus miedos y sus flaquezas y por eso les debemos una reverencia. Ahí están –yo las vi, todos las vimos– listas para reanimar a sus vivos y para recibir en brazos a sus muertos, para llorarlos, todos vamos a llorar. Y para empezar de nuevo… porque estamos vivos, ellas saben de eso. Así de sencillo.   Columna anterior: La 'culpa' de las mujeres