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¡Adiós, papá gobierno!

OPINIÓN

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Tras el terremoto de 1985, Octavio Paz escribió que la reacción del pueblo, sin distinción de clases, mostró que en las profundidades de la sociedad había, enterrados pero vivos, muchos gérmenes democráticos.

Treinta y dos años después esos cuerpos germinales han producido la monumental fuerza social, democrática e igualitaria que hemos visto en las calles tras el terremoto, un torrente popular y variopinto cuya dimensión y acciones contrastan con unos gobiernos empequeñecidos y omisos, lerdos e ineficaces ante las exigencias de la tragedia.

Es imprescindible retratar a dos personajes centrales en estos días aciagos: Enrique Peña y Miguel Mancera.

El presidente ha recorrido las zonas de desastre en la Ciudad de México y los estados y ciudades donde la destrucción arrasó cientos de casas, iglesias y puentes, sin que este nexo de empatía le haya permitido alcanzar la estatura del líder nacional, ejemplo y guía en países arrasados por guerras, ataques terroristas y terremotos.

Mancera se refugió en un puesto de control en donde su fantasmal estatura de jefe de gobierno ha sido borrada por los albañiles, arquitectos, ingenieros, actores y actrices, médicos, amas de casa, jóvenes y niños que atestaron las calles para levantar escombros, repartir donaciones, cocinar para miles de brigadistas, y ante el silencio oficial, escribir listas de las personas rescatadas, fallecidas y desaparecidas en cada edificio desplomado.

En los minutos posteriores al terremoto los primeros en llegar a los derrumbes fueron miles de ciudadanos que no esperaron a la autoridad para rescatar y trazar mapas y estrategias, mientras otros miles de mexicanos ocupaban las calles y las carreteras para ayudar a las comunidades devastadas.

Fueron los ciudadanos y los brigadistas los que dijeron: #Rescateprimero. En contraste, tres días después del terremoto no habían llegado soldados ni marinos –ni sus jefes instalados en el set de Televisa– a municipios como Tilapa, Puebla, donde los habitantes, ayudados por ciudadanos y brigadistas, emprendieron el rescate. 

En Morelos, mientras tanto, la gente había recuperado el control de las donaciones de la sociedad, que habían secuestrado, a punta de pistola, policías estatales y personal del DIF.

Cinco días después del terremoto los gérmenes democráticos de los que hablaba Paz continúan expandiéndose como una fuerza contenida por años, una ola de ciudadanos que ya no se muestran dispuestos a esperar que el viejo “papá gobierno”, que ni es papá ni autoridad real en vastas partes del país, haga por ellos lo que es urgente hacer.

El golpe que un hombre le asestó en la cabeza al Secretario de Gobernación, las patadas al delegado en Xochimilco y los insultos al gobernador de Morelos son la advertencia de que esos gérmenes ahora son un fruto impaciente, harto y a la vez decidido, porque la corrupción de inmobiliarias y gobiernos se metió silenciosa a sus casas y los mató.   Columna anterior: dos veces diecinueve