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Inicia el éxodo en la Condesa

OPINIÓN

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La imagen común de anoche en la Condesa era la siguiente: ejecutivos e intelactuales jalaban sus maletas de viajeros frecuentes, pero ahora en vez de ir al aeropuerto caminaron desorientados en medio de una lluvia intensa, que fue la menor preocupación, porque al volver del trabajo se encontraron con soldados que les impidieron el acceso a sus domicilios. Son los nuevos damnificados del sismo del martes. Luis Manuel, un rubio de ojos esmeralda, tomó el celular. Creyó que iba a resolver lo de su estancia con sólo apretar send. Un hombre que ha colaborado en la construcción de importantes proyectos urbanos de los últimos años en la capital llegó en un cuarto de hora. El constructor y Luis Manuel, a regañadientes del militar, subieron "por ropa". A ojo de buen cubero, el constructor bajó con una resolución que dio a los del batallón. -Escúcheme, caballero- elevó la voz Luis Manuel al militar que se hacía de oidos sordos- el ingeniero ha dado el visto bueno y concluye que no hay daños que ameriten evacuación. Haga el favor de dejar pasar a mi mujer- ordenó el publicista y dueño del departamento del piso seis en avenida México, valuado en unos siete millones de pesos -No sé quien sea ese señor. -¡Como que no sabe quién es ese señor, eh! ¿Qué tal? Es uno de los mejores urbanistas que tiene el país, mano. -Lo único que me sirve a mi pa' dejarlos pasar es el oficio de Protección Civil. -En eso llegó Alejandro, un alto ejecutivo de Bancomer acompañado de un perito certificado que recién dio de alta el inmueble de su empresa en Paseo de la Reforma. Hasta escáner llevaba para hacer las cosas como dios manda, pero tampoco sirvieron las palancas. Hay desconcierto. Los soldados no hablan de más. Alejandro se rindió. Cruzó el Parque México entre la llovizna que desmayaba las hojas de los fresnos y cedros. Jalaba su maleta. Caminó cinco cuadras acordonadas. Cruzó dos centros de acopio de víveres, se subió a su Volvo y se perdió. Luis Manuel insisitió un poquito más hasta que se cansó. También lo acompañó la lluvia en su ratirada. Era un zombie con el pelo mojado a la hora en que caía el crepúsculo. Tendrá que buscar dónde dormir con su esposa, quien está a punto de dar a luz. Deberá demostrar de forma oficial que su edificio y su departamento donde recibió la cuna el domingo no van a desplomarse como un castillo de arena.
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