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Sobra solidaridad, falta coordinación

OPINIÓN

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Por ayuda no para, lo que sobran son manos y ganas de ayudar, nadie se cansa. Es tanta la voluntad y generosidad que se desperdicia. Los primeros en llegar al colegio Enrique Rébsamen fueron los vecinos y trabajadores de la construcción que reforzaron puntos del inmueble colapsado para iniciar el rescate. Cadenas humanas para mover escombros, voces que se multiplicaban por toda la calle de Brujas demandando insumos para rescatar a los niños. La escuela se convirtió en una prioridad respecto a todos los derrumbes que había en la ciudad porque se trataba de niños, con carritos del super llegaba el agua, la gasolina, el material de curaciones que traían los voluntarios, comida, de todo. Las ambulancias públicas y privadas estaban a la expectativa a lo largo de Brujas para el momento del rescate, así pasaron las horas. También pasaron horas para que llegaran elementos de la Marina, del Ejército, de la Policía Federal, de la Gendarmería, porque de todas esas corporaciones llegaron, incluso algunos armados, pero lo importante era que entraban fuerzas especiales del país al rescate, sin embargo el control lo tenían los civiles. Algunos militares con su distintivo de DNIII un tanto molestos comentaban que la población no les permitió tomar el control; mientras la ayuda de la gente parecía inagotable “gasolina”, “planta de luz”, “sábanas”, “hielo”, gritaban y como eco lo repetían, a los pocos minutos todo llegaba hasta tanques de oxígeno. De repente aparecieron elementos del Estado Mayor Presidencial, anticipando que arribaría al lugar el presidente Enrique Peña, cuando el Jefe del Ejecutivo llegó, ahora sí los elementos federales controlaban la operación. Como hace 32 años la noche del 19 septiembre daba miedo, de que la tierra volviera a sacudirnos; de la oscuridad de las calles y los ríos de gente caminando a oscuras. Muchas personas sacaron lámparas para coordinar el tránsito, así se agilizaba el paso sobre todo de ambulancias y bomberos, porque como hace 32 años, bastaba escuchar una sirena para abrir paso. Al día siguiente no terminaba de dimensionarse el daño que provocó el temblor y se multiplicaban las versiones de otros edificios caídos o a punto de derrumbarse, la cifra de muertos crecía pero todo era preliminar. Los daños se ubicaban en la zona centro y el sur, pero no en Iztapalapa estaba por derrumbarse un edificio en Paseo de las Galias, desalojaron a los inmuebles colindantes porque 16 cuerpos ya habían sacado del lugar y se sospechaba que habría otros 8 bajo los escombros; mientras jóvenes hacían fila para remover escombros una vez que las máquinas terminaran de tirar lo que el sismo dejó. Los militares en mayoría estaban a bordo de los camiones a la espera de órdenes sus superiores, en lugar de organizar y distribuir funciones a los voluntarios. La ayuda sobra, la disposición es total, camiones de redilas cargados de gente, motociclistas con picos y palas, personas con todo tipo de víveres, centros de acopio distribuidos a lo largo y ancho de la ciudad, pero no hay quien coordine ese esfuerzo. A pesar de tres décadas con acciones de protección civil, la autoridad local y federal no aprendió a ponerse a la cabeza.   Columna anterior: A Morena le urgen operadores